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El reconocido lingüista George Lakoff, especializado en lenguaje político, nos hablaba hace unos años de los marcos mentales o ideológicos que conforman y determinan las decisiones ciudadanas («No pienses en un elefante», 2004). En síntesis, argumentaba, que la gente no vota necesariamente por sus intereses, sino que lo hace por sus valores y por aquellos con quienes se identifica, sin reparar en el aforismo de Groucho Marx («Señora, estos son mis valores, pero si no le gustan, tengo otros»).

He pensado en esta teoría de los marcos mentales a raíz del prodigioso fenómeno balear del «todos a la cárcel» y, sin embargo, «todos votados». Son unos h.de p. pero son nuestros h. de p, parecen decirse los electores. Porque hay que tener estómago para votar según que opciones a tenor de ciertos comportamientos, como el de la permanente desestabilización de Italia por parte de Berlusconi , a quien según las últimas encuestas seguiría votando un 25% del electorado, o el del tea party norteamericano, que no vacila en poner a su país al borde la suspensión de pagos con tal de procurarse un orgasmo anti obámico y sin que resienta su base de votantes.

Pero sigamos con los marcos mentales. Es cierto que hasta hace unos años predominaba el de la progresía sesenta y ochista con su buenismo de campanario, sus planes educativos edulcorados y de vuelo gallináceo, su connivencia con movimientos pretendidamente 'liberadores' como el castrismo o el boliviarismo, o con nacionalismos domésticos, y su escasa propensión a cuadrar las cuentas en los sitios donde gobernaba. Pero todo ello saltó por los aires con la caída del muro de Berlín, aunque aquí tuvimos que esperar a la insoportable levedad del zapaterismo para caer en la cuenta. Fue el pensamiento políticamente correcto de unos tiempos ya idos, y su engendro simbólico podría ser el "todos y todas", paradigma de la máxima estupidez política.

Hoy día, lo verdaderamente incorrecto es defender algún planteamiento de izquierda (signifique lo que signifique hoy día este concepto), aunque sea tan suave como el de pedir cierto control "social" sobre los flujos financieros, so pena de que te llamen "social comunista" o en plan más light, si abogas por una sanidad o educación pública de calidad, serás un "intervencionista" frente al sacrosanto mercado. Ahora lo políticamente correcto es estar acríticamente con la unidad de España ("con la Constitución" te dirán quienes conservan resabios "progres"), con el espíritu empresarial (quien no es emprendedor no es nadie) y zambullirte en el supermercado libertario en el que cabe desde la invención de idiomas autóctonos modalitarios, a la casa de humo y putas del magnate Adelson "porque genera empleos", o el trato deferente a los colegios privados ultra confesionales (la "libertad" de los padres, ya se sabe).

Actualmente el marco mental dominante es el del nuevo reaccionarismo disfrazado de liberalismo. A esos nuevos radicales, que fueron maoístas y / o partidarios del amor libre en su juventud, se les reconoce fácilmente, como apunta Javier Cercas: no dudan nunca, desconocen el matiz (lo llaman enjuague o componenda), gritan mucho (o escriben mucho, casi siempre sobre lo mismo) y se indignan con pasmosa facilidad. Vigilan constantemente los deslices de quienes consideran sus adversarios ideológicos, y si no los encuentran se los inventan tergiversando opiniones ajenas y arrimando siempre el ascua a su sardina.

El otro día un amigo barcelonés nada amigo de aventuras secesionistas me recomendaba la lectura de un 'soberbio' artículo, «el mejor que había leído nunca» sobre el tema. Al conocer el percal le pregunté si era «el mejor artículo que había leído», es decir, el mejor escrito, el de argumentos más lúcidos y novedosos, o bien se trataba «del artículo que mejor concordaba con su visión del tema», es decir, con su marco mental, que yo sabía plenamente afín al del articulista, un afamado premio nobel, por otra parte. Mi amigo se quedó tan pensativo que cesaron los e-mails hasta que pasado un par de días me remitió un youtube con las opiniones de un ex ministro socialista, famoso por sus patadas en las puertas, y también coincidentes con la suya propia y la del eximio nobel sobre el asunto catalán.

Y es que nuestros respectivos marcos mentales nos llevan a replegarnos en las opiniones que más se acercan a las nuestras, lo que constituye un craso error que lastra nuestra capacidad de deliberación democrática. Por lo que a nosotros respecta, uno de los peligros más graves del columnismo es dejarse arrullar por las opiniones concordantes, que suelen ser más efusivas cuanto más delirantes sean tus opiniones (siempre que atices a los otros). Prefiero mil veces que me digan que les he hecho sonreír y pensar (dudar), a pesar de que todo lo que digo es falso «salvo algunas cosas», con lo cual uno entra definitivamente en el edén de lo políticamente correcto.