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Te has empecinado en no abrir tu correo electrónico durante todo el fin de semana, al que llegaste con crispación. Has obviado los informativos. También los debates. Todavía permanece fresco en tu memoria el último, ese al que se le fue accidentalmente el sonido y te permitió comprobar el odio que emanaba de las mudas imágenes de los tertulianos, de sus miradas, de sus movimientos, de sus rostros convulsos... Y es que existen infinidad de códigos no lingüísticos que expresan con mayor nitidez cualquier contenido. El gestual, por ejemplo...

Hiciste más: no encendiste la caja tonta, ni contestaste mensajes insanos que pretendían esparcir rumores varios, dados ya curiosamente por ciertos. La palabra, nuevamente, ultrajada. Igualmente hubieras renunciado a tu Facebook y a tu Twitter y a tus whatsapps si los hubieras tenido. Pero tu móvil (ese en el que solo efectúas y recibes llamadas, arcaico; ese que la dependienta calificara en su día como «un móvil para viejos») es un aparato que nació cuando aún los dinosaurios de las TICS poblaban la tierra y no ha tenido todavía la decencia de reciclarse. El día en que lo haga lo expulsarás del reino. Te aislaste, en definitiva. Y tu aislamiento fue una deserción reparadora, como la del soldado que descubre como, más allá de las trincheras y la inocencia desparramada, hay una vida en plenitud solo mancillada por la inalterable e inalterada estupidez humana...

¿Se puede vivir así? -te preguntaría probablemente un adicto o cualquiera de tus alumnos-. Y tu respuesta sería afirmativa.

Lo tuyo fue, efectivamente, una deserción. Lo comprendiste cuando diste una pequeña caminata junto al mar; cuando reencontraste el silencio; cuando te rendiste a la racionalización de los hechos; cuando se dieron las circunstancias para poder pensar, analizar; cuando la belleza y armonía de tu entorno te verificaron que no te gustaba lo que estabas viviendo. Y cuando, finalmente, constataste que llevas cincuenta y seis años viviendo una guerra, el hábitat natural de un país en gran parte cainita... La intuiste ya de niño en los rostros de tu calle, en los no saludos, en las enemistades soterradas, en las heridas aún no cerradas de un tiempo de tardía posguerra. La viste, luego, en el adoctrinamiento desde las aulas grises, esas en las que la Formación del Espíritu Nacional dividía el mundo entre buenos teñidos de azul y pérfidas criaturas vestidas de rojo. La viviste en la pre-Transición (en la que combinaste tus estudios con una posible llamada a filas por lo de la Marcha Verde). La redescubriste, rediviva, un 23 de Febrero... Y un día, erróneamente, la diste por muerta...

Ha sufrido retoques. Existen aún bandos opuestos y radicalizados, aunque se muestre ella ahora como incruenta. No mata. Sólo hiere. ¿Sus armas? Con frecuencia, las palabras, el sectarismo, la falta absoluta de objetividad, el odio transmitido de generación en generación y retroalimentado, la clasificación ideológica, la carencia de argumentación y serenidad, el amor por los extremismos, la apropiación de la verdad, la crítica al que difiere en el credo, el ninguneo del que no comulga con vuestras certezas, la ubicación de cada cual en su correspondiente campo de batalla, la absoluta incapacidad para respetar, escuchar y apreciar al otro...

Sin TICS, sí, y bajo el manto de un sol que tiene mucho de ansiolítico, recobraste, finalmente, la reconciliadora belleza del poeta Miguel Hernández: «Tristes guerras/ si no es amor la empresa/ Tristes, tristes/ Tristes armas/ si no son las palabras/ Tristes, tristes/ Tristes hombres/ si no mueren de amores/ Tristes, tristes.» Y cerraste el día en la convicción de que tenéis, de una puñetera vez, que aprender a entenderos, que es tanto como decir que tenéis que aprender a tirar por las cloacas de lo miserable la visceralidad y el odio heredado y acunado y rellenar el hueco con un espíritu auténticamente democrático, sustentado en el respeto, el debate y la argumentación, que no en la violencia atávica. En palabras -que has reproducido hasta la saciedad- de Espido Freire: «Escribiste: Voy a ir/ Pregunté: Para qué venir/ Dijiste: Para conocernos». Pues eso...