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A veces perdemos las perspectivas de las cosas, sobre todo en momentos de apasionado debate. Para empezar dejo un dato: todos los habitantes de Menorca (95.178, según datos del padrón de 2012) no llegarían a completar el aforo del Camp Nou (98.772 asientos). Y en invierno, quizás sería poco más de media entrada. ¿A qué viene ésto? Pues a cuenta de la polémica generada en torno al futuro incierto del consorcio insular en suelo rústico y que puede servir de punto de partida para un reflexión sobre si vale la pena o no mancomunar servicios a nivel insular.

Históricamente se ha reiterado la idea de que el Consell ha de ser el «Ayuntamiento de los ayuntamientos» para buscar soluciones conjuntas a problemas comunes. Con una población reducida y repartida en ocho municipios que sufren los rigores de la crisis, lo lógico es que las maximas prestaciones posibles se canalicen a través de la principal institución, en base a cuestiones como el ahorrro, eficiencia, eficacia y la unificación de criterios en un territorio limitado, entre otros aspectos. De hecho, hasta los científicos reunidos en las Jornadas de la Reserva de la Biosfera defienden la fórmula de consorcios insulares para gestionar las problemáticas ambientales y económicas, evitanto así una «visión localista». Entonces, qué falla cuando hay «fugas» de ayuntamientos que se buscan la vida fuera de estos entes. Es evidente, que la «culpa» es que no cumplen correctamentecon su objetivo, porque si en lugar de representar un beneficio supone un coste lo normal es que cada Consistorio se busque la vida. Ante esta situación, el Consell ha de replantearse el funcionamiento de estos organismos.

Volviendo al principio del artículo, ni el número de habitantes ni la extensión geográfica jusfician que Menorca se convierta en un reino de taifas.