TW

Había llegado aún a nuestro país. Todo lo que había era la radio y el cine los fines de semana, mayormente con películas cortadas por la censura eclesiástica del colegio. La primera vez que vi un televisor ya era mayorcito. La gente lo miraba con mucha atención y yo quedé un poco desconcertado: solo se veían puntitos grises que a duras penas llegaban a configurar imágenes, y por el altavoz se oía algo parecido a una sartén friendo pescado. El problema era que aún no había repetidor en la Isla. Cuando lo hubo, aún tardamos bastante en poder pagar un televisor 'en cómodos plazos', porque había que pagar también la nevera eléctrica y la cocina de butano, todo ello innovaciones impensables en la postguerra. Tenía quince años y solo sabía de la magia de la televisión de oídas. La gente decía maravillas de series como «El Santo», y de programas autóctonos como «Noche de Estrellas», pero se quejaban de que los emitían muy tarde y luego había que madrugar para ir a trabajar. Cuando por fin tuvimos televisor volví a quedar desconcertado, interrumpían la serie en el momento más interesante para echar anuncios, y una película, además de ser antigua, podía durar horas. Algunos anuncios daban consejos expeditivos: «Moraleja, compre una Agni y tire la vieja». Todo el mundo quería tirar la vieja. A veces salía Gila y seguía llamando por teléfono desde la guerra, una guerra de la que solo habíamos conocido las consecuencias. Cuando veíamos películas de Hollywood en el cine nos quedábamos patidifusos por el hecho de que la tele en América fuera en color, algo que aquí también tardó bastante.

Noticias relacionadas

La verdad es que no veo mucha tele, pero aún sigo sorprendiéndome de las cosas absurdas que se anuncian. Comprendo que vivimos en una sociedad de consumo, mal llamada sociedad de bienestar, y que todo se rige según la ley de la oferta y la demanda. Hay que vender y comprar, si no nuestro sistema de vida se hundiría. Pero pongo en duda lo de la sociedad de bienestar cuando veo tantos anuncios sobre productos para ir de vientre, o para las almorranas, que ya parece que para 'ir bien' uno tenga que recurrir a cien artículos diferentes. Luego está lo de puedes pagar con tal tarjeta y tal otra, y además cuando compres la cosa que menos te hace falta te regalamos otra igual solo por noventa y nueve euros con noventa y nueve céntimos. Llama ahora mismo, no te dejes perder esta oferta; llama ya.