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¿Se parecen en algo un perro y una ensaimada? ¿Guardan algún parecido mínimamente razonable un gato y una tabla de surf o unos palos de golf? La respuesta a ambas preguntas es obvia. No. Sin embargo, son muchos, cada vez más, los viajeros que optan por llevar consigo a sus mascotas y se encuentran con que las compañías de transporte, en el mejor de los casos -es decir, cuando ofrecen la posibilidad de transportar a animales de compañía-, solo diferencian entre personas y maletas. Por lo tanto, un gato o un perro son una maleta a efectos prácticos, y como tal son tratados por las aerolineas, como un equipaje facturado aparte.

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Hace dos meses Max, un gato casero que volaba a Manchester con su propietaria, fue confiado en una jaula para su transporte pero no llegó a embarcar. A sus propietarios solo les queda ir rebotando sus quejas entre llamadas y correos electrónicos que en muchos casos no reciben respuesta, y tramitar un parte de irregularidad de equipaje por su extravío.

La suerte que haya corrido el felino es una noticia menor entre las desgracias que plagan los informativos; para más escarnio de sus amos, incluso puede mover a la guasa general por tratarse al fin y al cabo de un bicho de cuatro patas. No se entiende tanto barullo si no es por alguien que sea también dueño de una mascota. No es «solo un gato» para su propietaria, quien ha recibido atención de su compañía aérea en Reino Unido y el silencio de las empresas que operaron en España, en Menorca. La falta de sensibilidad ha sido total. Quizás habrían sido más eficientes si se hubiera perdido una maleta con camisas de Calvin Klein en su interior, quién sabe. El retorno del precio pagado por facturar al minino no le va a curar del disgusto a su dueña, todavía hay cosas que no se pueden reponer con dinero.