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Hace unos días fue el día más triste del año, o según la idiota necesidad de bautizar todo lo que nos rodea comercialmente, el Blue Monday. No lo digo yo, la afirmación se la atribuye un investigador de la Universidad de Cardiff que en 2005 llegó a esta conclusión tras un estudio en el que tomaba en cuenta variables como el tiempo pasado tras Navidad, el estado en que quedaba la economía familiar después de fiestas y las deudas y lo que se había tardado en mandar al carajo los propósitos de año nuevo, entre otras cosas. La conclusión fue que el tercer lunes del año es el día más triste de los 365 ó 366 que nos quedan por delante.

Leyendo al respecto le di vueltas al tema. No es descabellado pensar que más personas de las que nos imaginamos a nuestro alrededor están tristes. La crudeza de la realidad y los hechos con los que nos topamos cada día pueden acorralar al individuo y llevarlo a un estado de apatía social y, por consiguiente, al abatimiento desesperante. Desde la situación amorosa a la laboral pasando por otros tantos golpes que te da la vida porque cuando se lo propone es una grandísima hija de la gran fruta.

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LA TRISTEZA, que es muy puñetera, tiene una facilidad pasmosa para esconderse detrás de una máscara que puede sonreír tanto y tan fuerte que no deja rastro alguno de lo que de verdad esconde. Porque, ya lo comenté en su día, parece que la sociedad no quiere que estés triste y te apabulla de optimismo con mensajes lapidarios con los que intenta empujarte más hacia un estado que no sientes y sin darse cuenta que en realidad te lleva más lejos.

Puede, amigo lector, que ahora mismo tengas al lado a la persona que se siente más miserable en este mundo, a alguien que ha perdido la ilusión, los sueños, la alegría… Puede que ahora mismo esa persona te esté sonriendo y ni te des cuenta de lo mucho que está sufriendo, que necesite un abrazo o un simple «¿cómo estás?» acompañado de una taza de café y una charla amiga.

Puede que algo tan frío y abstracto sentimentalmente como una ecuación matemática pueda definir si éste lunes o aquel miércoles es más triste que el próximo jueves pero de lo que no me cabe la menor duda es de que si nos sentamos a esperar a que alguien encuentre otra operación que dé con la felicidad absoluta, lo mismo es demasiado tarde. Puede, como te decía, que no sea tan difícil cambiarle a alguien su Blue Monday por un Green Sunday con un simple «¿cómo te encuentras?». Y sentarte a escuchar.