Sisar significa hurtar algo mediante sisa, que a su vez significa parte que se defrauda. Con esta definición, tomada del diccionario, ya se puede escribir todo un artículo contestatario del panorama público de hoy en día, porque a diario vienen apareciendo nuevos casos de estafa, hasta el punto de que pensamos que España entera está siendo defraudada por muchos de quienes en su día prometieron favorecerla. Pero lo cierto es que el hecho de sisar es viejo como el mundo. Se trata de un método de enriquecerse paso a pasito que ya venían practicando los comerciantes más antiguos, trucando el peso de la balanza. Vinatero había que convertía una botella de vino en dos, emulando el milagro de los panes y los peces, y dicen que el gin que se sirve en las fiestas de Sant Joan de Ciutadella no llega a tener efectos tan terribles gracias a que está bautizado. Se trata, pues, de un gin católico por demás, como el que se servía en el cafetín donde, según me contó mi amigo Andreu, el dueño juzgaba que era demasiado fuerte y lo rebajaba por el sencillo método de añadirle agua del grifo, y luego su mujer tenía la misma ocurrencia y mejoraba el producto, y más tarde su suegra pensaba hacerles un favor a los borrachines y echaba todavía más agua, y cuando servían el primer vasito el parroquiano quedaba amb un peu alt, lo paladeaba despacio y decía. «Me tendrás que dar la receta». En los supermercados de hoy en día se aplican otros métodos de sisa más encubiertos, como el hecho de envasar las frutas con los ejemplares más vistosos encima y los más esmirriados debajo, o de colocar en el fondo de los estantes los productos más frescos y los que están a punto de caducar en primerísima fila. En tiempos, cuando los contadores de la electricidad tenían un disco que giraba con mayor o menor velocidad según el consumo, había quien se las ingeniaba para trabarlo con una púa, y entonces para de contar.

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La sisa o el engaño son viejos como el mundo. Estoy seguro de que los sacerdotes egipcios no vivían nada mal a base de adorar al dios Ra y a unos cuantos más con los graneros llenos a rebosar. Los faraones atiborraban sus tumbas de tesoros para disfrutarlos en un más allá que nunca llegó a devolver el vigor a sus cuerpos momificados, y todos conocemos casos de dirigentes habilísimos que han arrastrado pueblos enteros a la catástrofe. Incluso los curas de a pie decían en tiempos: «Haced lo que yo digo, no lo que yo hago». Y en el mundo en conclusión todos sisan lo que son.