Después de haber asistido a tropecientas tertulias a la orilla del mar, bajo un árbol centenario o en claustros monacales, y tras haber regresado de un relajante viaje por vinícolas tierras francesas del que daremos cumplida cuenta, he sacado una conclusión: no se pondrán de acuerdo. La solución más viable sería que ese zarandeado político con aspecto de centurión romano, que corretea como un pollo sin cabeza y que atiende por Petrus, otorgara libertad de voto a sus diputados con lo que, posiblemente, además de desbloquear la situación política y evitarnos el bochorno de otra cita electoral navideña, daría un golpe de efecto de radicalidad democrática y salvaría muebles y jarrones chinos. Porque lo de gobernar con variopintos podemitas y la colaboración de atildados ciudadanos y diversos mareados parece por ahora ciencia ficción…

Otra sugerencia sería que ese pasmado experto lector de «Marca» que todavía preside el gobierno de España se inmolara políticamente dejando paso a un conmilitón más presentable (es decir que milagrosamente no estuviera contaminado por la corrupción endémica de su partido) y que tuviera alguna iniciativa política más allá de las cifras macroeconómicas, por ejemplo en el tema catalán: ¿De verdad cree alguien que se va a solucionar el conflicto con querellas penales?, ¿es posible que no se den cuenta que este es el asunto que en el fondo bloquea cualquier salida al embrollo político? Y yendo al money money, la madre del cordero, que por lo visto tan bien manejan los conservadores, ¿qué hay de esos miles de millones destinados a salvar a la Banca y que no nos iban a costar ni un céntimo a los españoles? ¿Por qué no aprende alguien de Obama que sí ha hecho bien las cuentas pese a ser un rojeras?

Pero lo cierto es que al llegar de viaje, las encuestas mandan un mensaje inequívoco: «Sí, Rajoy puede que sea un pasmarote y su partido esté de corrupción hasta las cachas, pero los demás no son de fiar y vamos a seguir votándole caiga quien caiga». Claro que se puede llegar a un punto crítico que marque un antes y después para los votantes conservadores menos hooligans; cuando escribo estas líneas salta definitivamente al ruedo del vodevil corrupto Rita Barberá, Jaume Matas amenaza con cantar «La Traviata» en el turbio asunto de Son Espases, y Luis Bárcenas hace inquietantes (para Génova) piruetas. ¿Dónde está, si existe, el punto crítico de tolerancia por parte de los votantes populares?

Ya puestos, y para destensar la rentrée, sugeriría que nos ahorraran el sainete de las llamadas bolas calientes en los sorteos futbolísticos y el Real Madrid esperara tranquilamente (incluso puede sestear hasta el minuto 93) al otro finalista de su competición sin necesidad de hacer el paripé de la pasada temporada. También podrían esculpir en oro la efigie de Cristiano Ronaldo y nombrarle definitivamente mejor jugador del planeta además de príncipe del egocentrismo, sabedores todos de que Messi no es de este mundo y que el asunto le importa más bien poco. También los admiradores irredentos de Mourinho podrían visualizar el video del Manchester United-Manchester City del pasado fin de semana y comprobar el repaso táctico que le dio Pep Guardiola al Especial One. Silenciar ambas falsas polémicas sería un descanso a la hora de abandonar el árbol protector.