El escritor argentino Jorge Luis Borges (1899-1986) ha traído (en sueños), su maravilloso Aleph a uno de los tantos puntos posibles del universo: nuestro «Laboratorio Narratorio» en el Ateneu de Maó y en el Cercle Artístic de Ciutadella (una vez en la isla, en ese parón de eternidad, no sintió pereza para recorrer los 40 kilómetros de nada). «El Aleph», uno de sus más célebres relatos, se publicó por primera vez en la revista «El Sur», en 1945 y desde entonces, todo ha sido para los estudiosos de su obra darle vueltas a esos mundos de dios (o sea, borgianos), llenos de espejos, autorreferencias, laberintos, tigres, dobles, tiempo y grietas entre lo fantástico y lo cotidiano, entre la realidad y la ficción.

Ha venido Borges a nuestro taller con su Aleph que todo lo contiene (en un solo relato). «El Aleph» es, para que se hagan una idea si no lo han leído (aún), «una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor», que «no ocupa más de dos o tres centímetros» y «el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos». Casi nada. Ha venido con ese artilugio para mirarnos sin vernos (el autor fue perdiendo la vista hasta que se quedó ciego cuando rondaba los cincuenta años), mientras nos asomamos al interminable mirador (y no nos han pedido el certificado de viaje para aplicar el apaleado descuento de residente).

Este cuento practica (entre otras cosas) la técnica de «las cajas chinas», es decir, propone una historia que contiene otra y que a su vez contiene otra, todas relacionadas con la anterior (como conviven esas muñecas rusas llamadas matrioskas). Este cuento puede también resultar recargado en alguno de sus planos, como puede resultarlo a veces la narrativa, en concreto, la que Borges pone aquí en cuestión (porque lo suyo fue una larga conversación con el lenguaje y la creación literaria). Lo hace a través de Carlos Argentino Daneri, el primo de la fallecida Beatriz Viterbo (Dante y su Divina Comedia no solo rondan los nombres de los personajes de esta historia llena de referencias). Beatriz es el amor y la memoria (y hasta el olvido) : ella es el símbolo, la musa y el objeto (otra mujer invisible). Daneri se empecina en leer sus poemas y en apabullar con sus teorías a un Borges descreído que solo va a visitarle para sacar brillo al recuerdo de su amor imposible. Daneri representa al escritor vanidoso y moderno (y pedante): «Me releyó, después, cuatro o cinco páginas del poema. Las había corregido según un depravado principio de ostentación verbal: donde antes escribió azulado, ahora abundaba en azulino, azulenco y hasta azulillo». Daneri representa al esnob que luego el protagonista (o sea, Borges) vence en un solo párrafo, justo cuando contempla el Aleph en el reverso de un escalón de un sótano. Y entonces, como puede, de forma lineal —porque el lenguaje no da más de sí, se lamenta—, empieza la enumeración de lo que (de un golpe) vio el protagonista-narrador de este relato que, insisto, es el propio Borges (vestido a secas con su apellido para la autoficción). Empieza, digo, el párrafo que bien merece la lectura de todos los relatos de Borges (como pago): «Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico, yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche)». El viaje continúa y hacia el final de ese párrafo magistral, solo separadas las visiones por comas, solo versos entrelazados en medio de esa prosa que juega con el lector al juego más serio de todos (el de la belleza), allí, casi hacia al final, el narrador-autor-protagonista te dice: «vi tu cara». El escalofrío, en ese momento, se sustituye por un suspiro cualquiera: un suspiro sin aire. De pronto, ese miedo de la infancia (dios está en todas partes: y mirar de reojo a solas, en tu cuarto), luego miedo de juventud posmoderna (las cámaras de inseguridad de nuestro Gran Hermano giran sus cabezas metálicas a tu paso), reaparece con otro cariz: un ojo amistoso, más interesado en inspirar que en castigar que también nos vigila.

«¿Existe ese Aleph en lo íntimo de una piedra?», se pregunta el relato (porque ya el texto, en este punto, tiene su propia respiración). Y se multiplican las respuestas, pero intuimos que el Aleph no desapareció con la demolición de «la vieja casa inveterada de la calle Garay» sino que sigue latente debajo de a saber qué peldaño. «El Aleph» en el que Borges nos ve es en el que estamos todos, ahora, en este tiempo presente (irrepetible), con todo ocurriendo a la vez. Que nadie lo olvide: estamos vigilados por el ojo (ciego) de Borges. Seamos buenos, tengamos paz, leamos libros.


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