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Por más que uno intenta discriminar el componente graciosillo a un sarcasmo cruel, no lo encuentra. Bromear sobre una persona asesinada en un atentado terrorista no tiene gracia, no puede tenerla bajo ninguna consideración, especialmente si familiares directos del muerto continúan con vida.

La Audiencia Nacional ha condenado a un año de prisión -que no cumplirá- a Cassandra Vera, la joven que se burló escribiendo 13 twits del horroroso atentado que provocó la muerte de Carrero Blanco, presidente del gobierno de Franco, el 20 de diciembre de 1973. El coche oficial saltó por los aires y junto a él fallecieron el conductor del automóvil y un inspector de policía que lo acompañaba.

Cassandra se ha mofado con sorna de aquél episodio y ahora considera que le han arruinado la vida porque queda inhabilitada durante 7 años para recibir la beca con la que estudia en la universidad.

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La sentencia recoge que los comentarios suponen una humillación a las víctimas del terrorismo cuando ella ha afirmado que solo pretendía protestar contra la ley de seguridad ciudadana. Es el mismo argumento que ha utilizado el rapero mallorquín Valtonic, también condenado por enaltecimiento del terrorismo debido a las letras corrosivas de sus canciones en las que loa a ETA y el GRAPO.

La libertad de expresión no es un campo abierto, no es una patente de corso que permite frivolizar con chabacanería sobre un asesinato o una banda terrorista. Tiene límites cuando se menosprecia el dolor irreparable de los demás porque la buena convivencia solo se puede construir con la cortesía y el respeto a los semejantes.

Que se mofen, no ya de Carrero, mano derecha del dictador, sino de las miles de víctimas del terrorismo, las asesinadas y sus familias rotas de por vida, es una mayúscula crueldad. Si quieren seguir riéndose de ellas, sugiero que lo hagan sobre su puñetera madre, con todos los respetos, que seguro que a ella no la han matado en un atentado.