TW

Según mis cálculos ayer fue Sant Jordi, o lo que otros llaman el día del libro. Muchas son las vicisitudes que le he visto correr al libro en mi corta vida. Todas las vidas, incluso las más largas, son cortas, comparado con lo que tendría que vivir un libro, que es más o menos una eternidad.

Lo cierto es que en mi casa había pocos libros. Encontré por casualidad una primera edición de «La colmena», de Camilo José Cela, realizada en Buenos Aires, y al leerla me quedé estupefacto. Se la había dejado olvidada un viajante, y dos muchachos con ojos achinados se dejaron diccionarios de japonés-inglés, de los que no entendí ni jota. Entonces eran tiempos difíciles para los libros, y la verdad es que lo siguen siendo. Nos decían que un buen libro era el mejor amigo que podíamos tener, pero que un libro malo era pernicioso por demás. No sé muy bien lo que entendían por libro malo, porque llegaron a comentar que el mismísimo «Quijote» tenía sus partes malas, supongo que porque decía las cosas por su nombre y denunciaba la cruda realidad. Cuando crecí me aficioné a leer relatos de aventuras, y volví a quedarme pasmado ante las narraciones extraordinarias de Poe o los «Viajes de Gulliver».

Noticias relacionadas

En Barcelona, siendo estudiante, descubrí que el catalán no tan solo podía escribirse, sino que tenía una larguísima tradición literaria. Hasta entonces nadie me había hablado de ello. Estaba de moda la literatura hispanoamericana y me leí las obras de Vargas Llosa y otros muchos autores, hasta que cayó en mis manos «Cien años de soledad», de García Márquez, y me devolvió a la literatura imaginativa que me gustaba. En Palma de Mallorca, que ellos llamaban Ciutat, Josep Maria Llompart y una nube de escritores me acogieron en un movimiento literario que se expresaba con gran brillantez léxica y en el que decían que yo era un caso aparte. Supongo que aún sigo siéndolo. Cuando me dieron veinte ejemplares de autor de mi primer libro pesaba horrores, y un muchacho de la editorial, Joan Soler, creo que se llamaba, me dijo: «No haberlo hecho».

Tenía razón, no haberlo escrito y no tendrías que cargar con el peso de ese libro, de un montón de libros, y con el hándicap de que te llamen lletraferit –leído— o algo peor como joven promesa de las letras catalanas a los setenta años. Pero últimamente el libro va a aligerarse, al menos de peso, puesto que el libro electrónico casi no ocupa lugar, como el saber, y estoy seguro de que en pocos años va a dejarse de imprimir sobre papel.