Este es el año Calbó, porque se cumplen 200 años de la muerte de ese magnífico pintor menorquín, Pasqual Calbó i Caldés. Son las cinco de la tarde de un jueves calificado oficialmente como «día de los museos». Empezamos a recorrer con detenimiento las tres salas dedicadas al pintor, que contienen obras originales y reproducciones a gran tamaño de alguna de sus obras. En eso, en las ampliaciones, se echa de ver el virtuosismo del artista, porque de un retrato pequeño, a veces minúsculo, sacar todo un mural debe de ser como desnudarse a los doscientos años y demostrar la perfección del detalle, la habilidad del maestro.

Si fuera al revés, si fuera reducir, no tendría tanto mérito. En la sala 1 se exhiben obras de aprendizaje, junto con otras de plena madurez ya a los veintiséis y veintiocho años, realizadas en Italia y Viena. Entonces Pasqual Calbó se codeaba con los nobles más encumbrados y los artistas más influyentes de la época, y de estos últimos realizaba reproducciones minuciosas, muy alabadas por sus mecenas. En la sala 2 se exponen algunas obras realizadas por encargo en Menorca, junto con cuadros muy diferentes del neoclásico imperante realizados en América. Podemos ver dibujos de paisajes y figurarnos cómo era Maó o Ciutadella en aquel tiempo, o dibujos costumbristas que nos dan idea del estilo de vida de los menorquines durante el siglo XVIII. Después ya no podemos ver nada más, porque viene un vigilante y anuncia que van a cerrar, pese a que son las seis menos veinte y el horario termina a las seis. Le decimos que sí, que ya salimos, y él nos dice sí, pero no salen. Pero ahí dice que la visita termina a las seis. Sí, pero tenemos que apagar las luces.

Creo que a esto le llaman cabreo. Menos mal que volvemos a las siete y media para la conferencia de Miquel Àngel Casasnovas y la sala 3 está abierta. Podemos ver en una vitrina el volumen de más de 400 páginas que conforma la obra didáctica del pintor, un verdadero incunable que demuestra la elevada capacidad intelectual de Calbó. La conferencia pone de manifiesto la gran preparación de Casasnovas y su acierto a la hora de desmitificar conceptos históricos exagerados y devolver a los menorquines el protagonismo de su propia historia. Oyéndole uno se hace idea exacta de cómo eran los tiempos pasados. Tras la conferencia se proyecta el mapping en el patio del museo, con las primeras sombras de la noche y con una música deliciosa. Ahí es donde los cuadros cobran vida.