Acabamos de conocer la sanción a Iberia por exigir a las mujeres que querían trabajar en la compañía un test de embarazo como medida «para el bienestar del bebé y de la futura madre». Sospecho de esas buenas intenciones, incluso me escama el hecho de que una empresa te obligue a un reconocimiento médico «por tu bien», si no es en puestos de trabajo muy específicos, sometidos a un determinado riesgo. La salud forma parte de lo más íntimo de la persona, los médicos deben respetar la confidencialidad, y resulta que tu futuro y posible contratante tiene derecho a saber tus niveles de azucar y hasta la última fecha de tu menstruación, porque es determinante para trabajar como auxiliar administrativa en funciones de tierra. Tu palabra no es suficiente, vaya...

Iberia ha retirado la exigencia de los tests después de una multa de 25.000 euros y al verse expuesta al juicio de la opinión pública. La Inspección de Trabajo lo deja claro, es discriminación por razones de sexo.

Lo importante de esta historia es lo que hemos sabido después, que todo parte de la denuncia de una joven menorquina, de una localidad pequeña, un aeropuerto pequeño, un sitio en el que todo el mundo se conoce y en el que muchas veces esa presión le quita las ganas a cualquiera de salir a la palestra a quejarse. Es más fácil dejarse llevar por la inercia que ir contra la corriente; obedecer, someterse aunque sientas la humillación, porque hoy día para tener un trabajo todo vale, y porque total, qué más da. Pues no da igual, gracias a arrebatos de dignidad individuales en ocasiones se avanza en derechos, y en otras evitamos retroceder. Ojalá la actitud se extienda a tantas otras cosas que amenazan los logros que tanto han costado, el más básico, vestirnos y desvestirnos como nos da la gana.