No sé si produce más desazón escuchar el parte matutino de cifras sobre la situación pandémica o las idioteces de los políticos, incapaces de generar un espacio común de diálogo y cooperación ante la dantesca situación que atravesamos. Es como si, además del coronavirus y el inminente de la gripe, se cerniera sobre la humanidad un reguero de infecciones víricas, algunas de alcance mundial y otras de carácter autóctono, como el VG, el virus del garrotazo que ya adelantara Goya en su inmortal cuadro y que sigue con carácter endémico (permanente) en nuestro país de países. Se manifiesta por accesos de agresividad, recital de eslóganes e inoperancia en la clase política y perplejidad cabreada en la ciudadanía.

Uno de los virus más peligrosos, por su exponencial crecimiento y alcance mundial, es el que se ha cebado en un importante sector del conservadurismo mundial, en forma de amor sobrevenido por la libertad (VL, virus libertario) y que se manifestó a las claras en el barrio de Salamanca de Madrid en forma de cacerolada, y globalmente en las diversas manifestaciones negacionistas arreu del món. Y digo «amor sobrevenido» porque la defensa de las libertades individuales no solía estar en la agenda ni en los discursos de la derecha, basados habitualmente en la eficiencia económica y la unidad de la patria… Pero desde hace un tiempo, y bajo el influjo del virus libertario (VL) ese sector se ha echado al monte del anarquismo de derechas y se ha hecho doblemente peligrosa, al tratarse de un virus que se transmite por el ciberespacio y se reproduce en la credulidad de amplios sectores de la población.

El VL es claramente pandémico, y amenaza con acabar con el consenso liberal-socialdemócrata, al que los infectados llaman despectivamente «dictadura progre», que ha dado a Europa las mejores décadas de su historia en estabilidad democrática y prosperidad económica. Sus contagiados atacan despiadadamente el respeto a la verdad, a la que arrasan con mentiras y manipulaciones sin cuento, el feminismo, las políticas pactistas, el multiculturalismo, el ecologismo, el movimiento LGTBI y el sursum corda, entre el que se ha incluido ahora el esperpento de las mascarillas y las vacunas, en nombre de una sacrosanta libertad en la que sí incluyen la de contagiar al prójimo y envenenar sus cerebros con todo tipo de patrañas.

Los infectados por el VL asumen los «hechos alternativos» como algo natural e inocuo, y éste es uno de los factores que hacen indispensable y urgente una vacuna potente y efectiva que impida la replicación de su mutante VLT (virus libertario-trumpiano), en forma de derrota electoral en Norteamérica, que tendría que ser clara y contundente para despejar dudas y evitar las previsibles maniobras dilatorias del magnate infectado para no abandonar el poder (ahora acrecentadas por el significativo giro conservador del Tribunal Supremo). Tendría que ser una vacuna de alcance mundial para que el VLT, virulentamente contagioso (Boris Johnson, Bolsonaro, Viktor Orban), no acabe con nuestras democracias parlamentarias.

Pero los españoles tenemos además un virus propio y castizo, el de la acreditada campechanía de nuestro monarca emérito (VC), quien, tras su meritorio papel en la Transición (más dudoso en el 23-F por su campechanía con los compañeros de armas), empezó a sentirse por encima del bien y del mal y a actuar en consecuencia, hasta llevarnos a una profunda crisis institucional. El VC, incrustado desde tiempo inmemorial en el ADN borbónico, acabó por desquiciar por completo al hoy rey emérito quien, desde hace demasiado tiempo, se ha lanzado sin frenos por el tobogán del bochorno nacional en un país que sufre un crónico desprestigio de sus instituciones, y que lo que necesita precisamente es todo lo contrario de la campechanía picarona, videos casposos y una catarata de elogios por los servicios prestados, sino mecanismos de control rigurosos y eficaces (la mejor de las vacunas), transparencia institucional y una justicia igual para todos.

Seguiría con el virus de la permanente y españolísima crispación, mutante del virus del garrotazo (VG), que afecta a los medios de comunicación y, por tanto, también a nuestro imprescindible «Es Diari», pero prefiero dejar paso al vecino de página Alfons Méndez que lo decía espléndidamente el otro día («Trump viu a Menorca» 7-10-20): «La democracia no pot sobreviure sense grans dosis de ponderació, tolerancia i respecte. Vull proclamar, com Camus, que són els mitjans els que han de justificar els nostres fins. La complaença amb els exabruptes dels nostres correligionaris són combustible per individus com Trump i només menen a la barbàrie, ben lluny dels nostres ideals».

Marcar distancias con el periodismo(?) panfletario, esa es la cuestión.