No están hermanadas pero tienen elementos en común que las distinguen y aproximan, comenzando, por ejemplo, con la belleza de sus núcleos históricos hasta concluir en la celebridad de sus fiestas, San Fermín y Sant Joan.

Pamplona y Ciutadella, salvando distancias por mor de sus poblaciones y quizás porque Hemingway no llegó nunca al caragol des Born, están unidas por la trascendencia de la celebración anual de sus santos patronos. En la capital de Navarra tienen encierros con toros, y la gente porta el pañuelo rojo, y en la capital eclesiástica de Menorca lucen la cruz identitaria de Sant Joan y disfrutan al caballo como símbolo inequívoco de una fiesta extraordinaria.

Una y otra tienen que lidiar año tras año con la masificación, castigo que les has reportado su enorme difusión nacional e internacional. Como consecuencia, ayuntamientos e instituciones implicadas en la organización de la fiesta tienen un problema de seguridad derivado de la concurrencia de miles y miles de personas ávidas de diversión a toda costa. En los últimos años sus respectivos planes preventivos parecen haber dado resultado.

Sin embargo las características que las unen se han distanciado en las ‘no-fiestas’ pandémicas debido al virus. Mientras en Ciutadella las aglomeraciones fueron reiteradas con consecuencias sanitarias y económicas de lo más peligrosas al no haberse previsto ni neutralizado, en parte por la falta de más efectivos policiales, en Pamplona la junta de seguridad adoptó medidas para lograr el propósito que se pretendía.

La capital navarra ha contado con 500 agentes de cuatro cuerpos policiales con los que sí ha podido realizar controles de aforo y desalojado calles cuando estaban más concurridas. También ha habido una mayor concienciación ciudadana, y el Ayuntamiento ha impulsado una campaña informativa para recordar el peligro del incumplimiento de las normas sanitarias.  Inevitable, entonces, establecer comparaciones entre lo que se ha hecho en Pamplona y lo que no se ha hecho en Ciutadella.