Uno de los clásicos de todos los veranos son las famosas serpientes que, cual Guadiana, aparecen y desaparecen en los medios de comunicación (supongo que ahora también en las redes sociales), conformando a veces un culebrón de proporciones homéricas que tiene que zamparse por obligación el asendereado director de «Es Diari»(força, Josep) y, por devoción, algunos forzados de la ruta, inasequibles al desaliento. Es lo que ocurre con el insepulto tema de la lengua de los menorquines, una discusión tan innecesaria como cansina, pero omnipresente en plena canícula. Y como el verano periodístico es tiempo de anécdotas y no de categorías, paso a rememorar algunas vivencias propias relacionadas con tan humeante asunto.

Una vez, en tierras ilicitanas por mor de un congreso profesional, un reconocido colega    burgalés me espetó a botepronto, entre risitas cómplices de la mesa:

- ¿Y vosotros, en Baleares, cómo lleváis lo de la imposición catalanista?

- ¿A qué imposición te refieres?-respondí a la gallega ante la estupefacción general-. El catalán es nuestra lengua materna-añadí escuetamente.

- Pero vosotros habláis ‘mallorquín’, no catalán -insistió.

- Y túburgalés’, no castellano, ¿verdad?

Silencio ambiental.

Años antes, esta vez a orillas del Ebro, comía en una terraza con mi hijo, a la sazón, estudiante de medicina. Hablaba con él tranquilamente en nuestro catalán de Menorca cuando atisbé gestos desaprobatorios en una mesa vecina, dirigidos inequívocamente a nosotros y que pronto serían acompañados de palabras y frases escasamente amables, como «Jo, esos catalanes nunca se dan cuenta de que están en España», para venirse arriba y soltar aquella joya del «hablar en cristiano» o «son ganas de fastidiar, pudiendo entendernos todos en castellano» o el clásico y despectivo «polacos», tan al uso en ambientes inflamados…

«Tú a lo tuyo», exclamé con notable irritación, señalando con el índice a la más belicosa de las dos defensoras de sus esencias. En mi vida había respondido con agresividad a nadie, nunca más lo he hecho y es muy poco probable que vuelva a hacerlo. No sé lo que me ocurrió aquel día (mi hijo, conocedor de mi habitual mansedumbre, todavía se hace cruces), salvo si invoco mecanismos cerebrales profundos. Supongo que me sentí agredido en lo más íntimo, mi lengua, la de mis padres, mis abuelos y mis amigos, aquella en la que siento, sueño, me lamento y me congratulo, y cuyo aprendizaje nos escamotearon a los de mi generación.    Lo cierto es que se organizó cierto revuelo en el restaurante hasta que un camarero nos invitó amablemente a trasladarnos a otra mesa alejada de las exaltadas defensoras de la lengua del imperio (otra perla que se solía utilizar).

En otra ocasión y también en cenáculo profesional, se arremetía contra el catalanismo -es un tema recurrente- y, nuevamente me tocó la china: «Es que vosotros, los catalanes» «nunca os conformáis» y pretendéis imponer vuestro ‘dialecto’», me espetaron…

- Perdón, pero yo ni soy catalán ni hablo dialecto alguno -contesté sin atisbos de ira-, sino una lengua milenaria, tan digna de respeto como las demás y a la que las universidades de todo el mundo llaman «idioma catalán» -interrumpí con voz suave pero clara.

2 Y otra conversación para terminar. A veces me han parado por la calle para interpelarme educadamente sobre mi grado de preocupación por el presunto sometimiento del menorquín por parte del catalán estándar…

- Mi inquietud es cero -replico-. Y es que sigo escuchando con arrobo la cantarella de mi lengua, sus modismos y no, francamente, no la veo amenazada, como tampoco a mi imprescindible castellano, idioma en el que escribo y hablo buena parte del día en su versión zaragozana. Lo siento de veras -añado, al ver su expresión decepcionada-, pero no, no veo el ‘menorquín’ en peligro, y tampoco ‘mi mahonés des carrer de Ses Moreres’ con toques de Cala Figuera, que es mi lengua genuina…

- Claro, es que usted es nacionalista, no lo puede disimular…

- Pues mire, tampoco, o no más que usted, aunque no lo sepa o no quiera saberlo. Muchos de mi generación somos prófugos de dioses y patrias, de todas las patrias. Ja em van tenir prou…

Por lo que traslucen las páginas de «Es Diari», el malentendido sigue y sigue.