Este año las Islas han vivido numerosos episodios de lluvia de barro. Cuando piensas que el agua caída del cielo refrescará, limpiará el ambiente y de paso el coche, te encuentras todo cubierto de ese polvo rojizo que llega de tierras africanas. Dicen los meteorólogos que ahora son más abundantes por el cambio climático, pero no por ello hemos dejado de limpiar carrocerías, patios y enseres, todo lo que quedaba manchado por las molestas partículas, una y otra vez. Si nadie ya a estas alturas duda de nuestro impacto sobre el medio ambiente y el clima, tampoco es de recibo utilizar eso como justificación para la ineficiencia.

La coletilla ‘por el cambio climático’ se está convirtiendo en un cajón de sastre, todo el mundo le echa la culpa de todo, y así ocurrió en el debate del Parlament cuando se trató sobre las últimas inundaciones y la limpieza de torrentes. La varita mágica del clima frena en seco cualquier crítica, no puedes osar meterte contra eso, es una evidencia científica. Pero lo cierto es que trabajar para mejorar el planeta no es incompatible con ser diligentes en todo el resto de obligaciones, incluida la limpieza de los torrentes por los que el agua vuelve y siempre volverá.

La consellera responsable del asunto no concretó, ni dijo cuándo había sido la última vez que se limpiaron los torrentes desbordados en Menorca con las lluvias de septiembre; se puso bajo el paraguas del cambio climático y sus fenómenos extremos y dijo que se habían limpiado según la planificación. Nos quedamos con las ganas de una mayor concreción. Hay payeses que se arremangaron para hacer un trabajo que creen que les corresponde y salieron escaldados, con multa incluida, para años después ver como el torrente les arrastraba cultivos y paredes.

En lugar de repetir lo del cambio climático como un mantra habría que prever mejor sus consecuencias y que estas no vuelvan a pillar la casa sin barrer. La burocracia o la falta de explicaciones no son achacables al calentamiento global. Eso más bien suena a excusa.