Si Mahón tiene un problema de contaminación del aire no se arreglará cambiando coches por bicicletas como recomiendan los pusilánimes rectores de la ciudad y del gobierno regional en el plan que presentaron la semana pasada con el pomposo título de mejora de la calidad del aire. Cualquier vecino, que lleva tres décadas bajo la columna de la central del puerto, les diría que la mejor y posiblemente única contribución a su alcance para rebajar la polución es apagar la chimenea. Así de simple, además podrían presumir de haber doblegado a las eléctricas.

Echar la culpa a los coches que cada vez circulan menos por las viejas calles de carros del casco antiguo resulta un torpe ejercicio de mirar para otro lado. El mismo conseller que acompañaba al alcalde en la explicación de la parábola de los buenos aires urbanos había prometido que el aire sulfuroso que cada día cubre los cielos de la ciudad tenía los días contados. Pero no llega el final.

Ni siquiera la ministra, pobre, agobiada por el precio de la luz, se atreve a poner ese punto final. A cambio, nos agasajan con un bombardeo de planes de recuperación, resiliencia, sostenibilidad y ahora también la energía verde, el hidrógeno para completar un futuro limpio, sin contaminación.

Lo malo es que el discurso aburre por la reiteración. En lenguaje de Don Quijote, están siendo prolijos en contarlo y cortos en servirlo. Llevamos tres décadas con la cantinela de las energías renovables, a las que nadie pone pegas salvo curiosamente los grandes mentores.

La última es la de los molinos eólicos flotantes para producir electricidad, una tecnología que algunos países han puesto en marcha. Teníamos opciones en las aguas menorquinas hasta que el asunto llega a la evaluación de impacto ambiental por parte de la inquisición verde. Y hasta ahí, naturalmente, acta est fabula, se acabó el espectáculo, como dijo el emperador.