Ya lo dijo Víctor Manuel, desde el pirulí se ve un país, aunque en Menorca no hay pirulí televisivo y desde Monte Toro no se ve más que la costa abrupta de la isla, que debe de ser donde empieza el extranjero (overeseas, allende los mares, en inglés) Pero Maite Salord ha titulado su flamante premio Proa de novela «El país de l’altra riba» («El país de la otra orilla»). Léase Argelia. Creo que estamos un poco más lejos de Argelia que de Barcelona, pero no tanto. En todo caso Maite ha recogido la historia de la emigración de menorquines (maonesos) establecidos en Fort de l’eau, junto con las vicisitudes de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial, la independencia de Argelia, los coletazos turísticos y el difícil equilibrio ecológico en Menorca. Ha recogido la historia reciente -incluso las protestas estudiantiles por la guerra de Iraq, con amor lésbico y todo- en una buena novela. Enhorabuena.

He dicho amor lésbico, pero creo que «amor», simplemente, podría haber sido el eje principal de la novela, y que lo es en cierto modo. Amor y derrota del protagonista judío desarraigado, mutilado de familia, que reconstruye su vida a pesar de todo y acaba con sus huesos en la Menorca de Punta Prima. Amor de los emigrantes que conservan sus raíces y costumbres en Argelia. Amor de los «moros» que suspiran y luchan por la independencia. Lástima que un personaje tan edificante como Michel Bisset, todo amor, sea un acérrimo partidario de la OAS Organisation de l’Armée Secrète. He dicho también «buena novela» porque «El país…» cumple todos los requisitos para serlo. Sobre todo en la vida interior de los personajes. En ese sentido la novela es como un largo monólogo interior. Las reflexiones, los sentimientos, la visión del mundo de cada personaje situado en diferentes épocas y contextos. Muy bien.    La obra cumple también los requisitos de una buena trama, pensada y repensada como debe ser para que todo encaje y se mantenga el interés hasta el final. Otra cosa: la documentación. Una novela de este tipo no podría haberse escrito sin un buen esfuerzo para familiarizarnos con la historia de los menorquines en Argelia, del exterminio de los judíos, del turismo de los años sesenta en Menorca. Tres bien, que dicen los franceses. Pero yo me quedo con lo del amor. Lo dice la propia obra hacia el final: «Tots som de les persones que estimam i que ens estimen». Me quedo con lo del amor y con el extraordinario acierto en la visión interior de los personajes.