Creo que en todos los patios de colegio se juega al fútbol igual: con diez porteros por lo menos, y diez equipos en el campo. Pero todos saben cuál de los cinco balones es el suyo, y cuál de los cinco porteros defiende la portería contraria. Además de los equipos suele haber por el campo muchachos o muchachas que no quieren jugar y se limitan a pasear durante el recreo. Estos son susceptibles de recibir algún balonazo en la cabeza. Si el receptor del balonazo lleva gafas, éstas pueden volar dos metros por lo menos. Si los cristales no son irrompibles, el receptor del balonazo puede asistir a la siguiente clase con un cristal partido, o con un ojo cerrado, donde haya volado el cristal. Si el receptor del balonazo es un profesor que ejerce de vigilante puede armarse la de Dios es Cristo. Si el vigilante es un cura y estamos en los años cincuenta del siglo pasado a uno le cae el infierno como mínimo. Si el balonazo es en salva sea la parte pueden sonar campanas, aunque el cura lleve sotana. Y es que cuando la pelota rueda por ahí, entre un enjambre de jugadores, todo el mundo quiere pegarle, y el que lo ve más claro suele gritar: «¡Mía!». Como si hubiera adquirido el balón con las propinas del domingo. «¡Mía!» y le pega zapatazo con la esperanza de que vaya gol y de que el cura no se ponga por el medio.

Los hombres tenemos tal sentido de la propiedad que cuando vemos un balón suelto decimos, «¡Mía!», sin parar siquiera mientes en que «balón» es masculino y deberíamos decir: «¡Mío!». Pero «mía» tiene más entidad. En tiempos «mía» era el arquetipo de la propiedad humana, hasta el punto de que la frase rotunda por excelencia era: «la maté porque era mía», como si habláramos de la gallina de los huevos de oro, y el preso número siete decía: «Los maté, sí señor, y si vuelvo a nacer, yo los vuelvo a matar». Con un par de cojones, que diría Cela. Toma macho hispánico. Debe de ser el sentido atávico de la propiedad. El derecho a la propiedad es el derecho que tiene una persona de gozar y disponer de sus bienes (o de sus pelotas). Cuando la pelota se ponía a tiro, la pelota era «¡Mía!» y de nadie más. No importa que luego nos saliera un churro y apenas la rozáramos, con lo que dábamos, simplemente, una patada al aire y todo el colegio se moría de risa. La pelota era mía, la cancha era mía, la portería era mía, aunque sobre ese mismo terreno de juego hubiera enterradas a lo mejor reliquias de los celtíberos, de los fenicios, de los romanos y de los árabes.