Pronto se cumplirán dos años de la aparición del virus que paralizó y cambió nuestras vidas. Hubo que aprender sobre la marcha y adaptarse. El encierro aceleró a la fuerza el teletrabajo, las reuniones virtuales, los actos en streaming, lo digital se impuso con fuerza. Administraciones y empresas tuvieron que ingeniárselas para estimular una economía en coma, especialmente el turismo, golpeado como ningún otro sector porque se basa precisamente en lo que la pandemia arrebató, la movilidad. Ahí entró en escena, en muchas comunidades autónomas, el bono turístico, una subvención para viajar que en Balears cerró su campaña el 15 de noviembre de 2021, con un gran éxito de demanda.

Ya que nadie podía venir se hizo lo posible para generar actividad viajando entre islas, y no fue mal. Las agencias participantes lo corroboran, se hicieron reservas al calor de la ayuda prometida –que en muchos casos aún no se ha cobrado–, y eso permitió a los negocios en el destino hacer caja y seguir funcionando. Pero además hubo un reencuentro entre viejos clientes que se habían acostumbrado a hacerse sus paquetes turísticos en internet con los agentes de viajes; o viajeros jóvenes que por primera vez reservaron off line.

La iniciativa es un ejemplo de eso que en marketing llaman win-win o ganamos todos. Pero siempre hay alguna pega.Las agencias han asumido una carga de trabajo administrativo importante, y aunque repetirían la experiencia, no ven claro que ellos tengan que tramitar todo, al menos no de forma gratuita.Por otro lado, los clientes pueden esperar para cobrar hasta medio año desde que realizaron el viaje; es demasiado, su experiencia se diluye en la memoria y el dinero no llega; si tienen que realizar todo el papeleo muchos se quedarán fuera, se agranda la brecha digital. El sistema, como otras cosas que se implantaron con esta pandemia, es bueno, tal vez ha llegado para quedarse, pero necesita mejoras en su gestión.