Hasta qué punto tendrán efecto en las decisiones del presidente ruso las sanciones económicas impuestas por la Unión Europea, está todavía por determinar a la vista de la deriva que está tomando esta guerra inconcebible en el mundo occidental, en pleno siglo XXI.

La voracidad del sátrapa del Kremlin, decidido a que la historia le recuerde como otro de sus autócratas más crueles, no parece alterarse por más que la resistencia ucraniana sea superior a la que preveía antes de la invasión, ni tampoco por el coste que puede tener para las finanzas de su país y las de las grandes fortunas de los oligarcas rusos con intereses en todo el planeta. Esas sanciones, por ahora, son la única medida que se atreve a imponer  la Unión Europea para dar apoyo a la nación invadida. Entrar con todo su aparato militar podría originar la tercera guerra mundial, como amenazan los invasores. Suena a ciencia-ficción pero es la verdad.

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La economía mueve al ser humano, como la razón o los sentimientos, en diferentes medidas, pese a que Putin no haya reaccionado todavía ni parece que vaya a hacerlo si no consigue su propósito.

Al contrario, suya es la responsabilidad de que veamos reproducidas hoy las imágenes en vivo de destrucción y muerte que nos trasladan a las de las dos grandes guerras del siglo pasado. Y eso  que estamos en la era digital de las comunicaciones, las libertades, los estados de bienestar, las democracias en la mayoría de países.

La triste realidad nos demuestra que el mundo continúa aún hoy expuesto a las ambiciones desenfrenadas de los más poderosos, no solo en el tercer mundo, también en Europa. Son capaces de sonreír al mismo tiempo que dictan las órdenes para bombardear indiscriminadamente ciudades enteras, población civil de toda edad y condición, y en definitiva, de amenazar a todo el planeta.