«Cada vez que se abren las urnas sufrimos un palo. Nuestro instrumento político ya no seduce, no conecta, no traslada las ganas de ir a votar». Son palabras de Inés Arrimadas tras la convocatoria andaluza y sirve para todas las que se han sucedido desde las generales de abril del 19. El voto naranja se ha diluido entre lamentos de los muchos que creyeron en un partido liberal que ayudara a centrar las políticas de la derecha y de la izquierda.

«Lo más fácil sería que los que estamos en la dirección nos fuéramos, y si me dijeran que así se reflotaría el partido, lo haría». Así continuaba su reflexión para eludir su marcha, solo lleva dos años, fue elegida con la pandemia ya lanzada, pero la voracidad del tiempo y la continuidad de fracasos dan sensación de eternidad.

Ciudadanos se fue al cielo el día que Rivera y Sánchez antepusieron intereses personales y en vez de formar el gobierno que las urnas habían decidido en aquella fecha de la primavera nos llevaron a la convocatoria de noviembre, al abrazo del oso y al gobierno paranoico que se hace la oposición a sí mismo. En vez de hacer partido, Arrimadas se fue al huerto con Pedro a recolectar mociones de censura cuyo resultado ya conocemos, hizo más fuerte a la derecha.

Por ese lado solo queda una alternativa, fortalecida con un liderazgo veterano. Por la izquierda, queda la marca de siempre, debilitada por tanto tropezón reciente, y los restos del naufragio podemita. El presidente los aguanta aplicando la estrategia de Franco en la toma de Madrid durante la guerra, «que se cuezan en su propia salsa», dijo al saber de la división encarnizada entre socialistas y comunistas. No los echa, porque exhibiendo sus contradicciones espera su aniquilación. Gobernar está volviendo a ser cosa de dos.