Somos fruto, la mayoría de nosotros, de un mismo sistema académico. Hemos tomado apuntes hasta dolernos la mano; memorizado datos que ahora buscas con un clic en Google y que luego tu cerebro ‘formateaba’ días o semanas después; hincado los codos con las persianas bajadas para que el sol no te tentara cuando preparabas la selectividad; hemos hecho exámenes ‘a peso’; se nos han atragantado asignaturas precedidas por su fama de ininteligibles y que nos hacían creer que solo estaban destinadas a mentes privilegiadas; y nos hemos tenido que decidir, con más o menos convencimiento y poco margen para el error, por una rama de estudios en la que creíamos que podríamos ganarnos la vida en función de nuestras habilidades. Había poco de imaginativo en todo ello y mucha incertidumbre cuando te acercabas al final del camino y te asomabas al precipicio laboral, siempre de crisis en crisis.

Si miras atrás, efectivamente, cumplíamos con la letra de la canción que entonces se bailaba –qué buenos tiempos, sin perreo ni contorsiones–, de Pink Floyd, nos estaban preparando para ser otro ladrillo en la pared, la misma de la que todos formamos parte.

Ahora se plantean cambios educativos que prometen más creatividad y autonomía para los estudiantes, que su paso por la escuela y los institutos les sirva para desarrollar competencias útiles para la vida. Suena bien la música, veremos cómo lo ponen en práctica los profesores y con qué recursos cuentan, porque hay que buscar soluciones para una sociedad en la que muchos trabajos van a desaparecer si no lo han hecho ya, nos estamos sustituyendo nosotros mismos por la tecnología, y lo único en lo que no podremos ser reemplazados por la inteligencia artificial, espero, será en lo emocional y creativo, en las habilidades sociales, en definitiva en lo humano. El reto que afronta la educación es enorme, porque si lo que se enseña en la escuela ya no sirve para lo que viene después, ¿qué sentido tendrá?