De la misma manera que todos hemos despotricado de Ryanair alguna vez por ese peculiar modelo de negocio que contempla, incluso, arañar unos eurillos más vendiendo boletos para rifas durante el vuelo, también todos nos hemos beneficiado de sus ofertas surrealistas, difíciles de asimilar porque escapan a toda lógica. Yo mismo he viajado de Valencia a Menorca, recientemente, con un billete por el que pagué 1,50 euros. Ni un céntimo más.

¿Quién puede quejarse de las incomodidades de los asientos, de las dificultades para encajar las piernas si excedes del 1,70 de altura o de algún retraso, cuando, al fin y al cabo, acabas llegando a tu destino por un precio, en muchas ocasiones, maravillosamente inexplicable?

Ese patrón de las compañías aéreas de bajo coste que Ryanair ha llevado hasta su máxima expresión parece caminar, no obstante, hacia su desaparición quizás definitiva, como vaticinó su CEO, Michael O’Leary, y confirmó anteayer en este diario la responsable en España y Portugal, Elena Cabrera.

Comenzamos a despedirnos, entonces, de tan ensoñadoras ofertas, siempre bienvenidas por menorquines y visitantes para salir y entrar de la Isla. No hay modelo de negocio que pueda resistir el aumento del precio de combustible, o las facturas de los cargos ambientales que ahogan a las compañías supervivientes.

Al final, como suele suceder en la mayoría de casos, somos los usuarios que precisamos el transporte aéreo, tanto como los peninsulares el tren o los autobuses, quienes acabaremos siendo los más perjudicados.

Llegados a este punto del previsible encarecimiento de los pasajes que será denominador común en todas las compañías, sería conveniente al menos, pelear por la devolución de los derechos que nos fueron arrebatados sin que nadie lo impidiera, como el de tener que pagar por subir un simple maletín a la cabina, por ejemplo, entre otros.