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En frase que he recordado muchas veces, Sánchez Ramón, quien volvió a asomarse hace poco por estas páginas, dijo un día que gracias al gobierno socialista Menorca había dejado de ser el último lugar de la tierra. Se cumplían entonces, 1985, los primeros mil días de poder de Felipe González, Alfonso Guerra y compañía.

Cuarenta años después, su sucesor en el gobierno parece volver a las andadas con su política de gratis total del transporte ferroviario de cercanías. Menorca vuelve así a ser el último lugar de la tierra (española) al que llega alguna de esas prebendas que reparte Pedro Sánchez, con personalidad más de mago que de estadista, categoría que le queda muy lejos.

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El estilo, las decisiones y la política pensando en el mañana marcan las diferencias. Incluso en los gestos como el último tan ridículo de prescindir de la corbata y a continuación subirse a un helicóptero o al famoso Falcon para, según dijo, ahorrar energía.

Alguien debió recordarle ayer que Balears son más que Mallorca para enmendar que en las islas donde no hay tren el transporte público se realiza en bus y que los menorquines, ese gentilicio que en sí mismo es diminutivo y suena a pequeñito, también pagan impuestos y además a partir de ahora, qué remedio, pondrán la refrigeración en verano, a 27 grados, y la calefacción en invierno, a 19 grados, como ha ordenado el Consejo de Ministros formado por 23 cabezas pensantes.

Ya mosqueó su anuncio en el debate sobre el estado de la nación y la escasa subvención al bus regular en este territorio. No era un error, nos siguen ninguneando, aunque todavía se salva el transporte aéreo, subvencionado posiblemente por encima de lo normal. Pero esto más que a una decisión se debe a un chantaje -oficialmente negociación presupuestaria- del diputado canario Pedro Quevedo a un presidente Mariano Rajoy ya en declive.