En Ucrania hay jóvenes -y no tan jóvenes- a los que la guerra y la posibilidad de morir en el próximo misil que alcance el territorio les da completamente igual, se la suda. La constante tensión con la que viven esperando un triste desenlace desde hace ya demasiados días ha provocado en algunos de ellos un subidón de adrenalina que les empuja a disfrutar de la vida como si fuera el último día. La pena es que, para muchos, lo es.

Rusia sigue destrozando a su país vecino en una especie de pelea que cada vez se asemeja más a ese escenario en el patio del colegio donde el abusón de turno se propasa con el indefenso mientras los demás miran con ganas de hacer algo pero sin el valor necesario para hacerlo. Como Europa.    Y mientras siguen cayendo los puñetazos en forma de bombas y misiles que siembran dolor y reparten sufrimiento mientras las muertes, más inútiles si caben, siguen subiendo.

Rusia ha ganado. Puede que no lo oigas hoy, o que todavía no lo digan por el informativo, pero esa es la realidad. Desde el mismo momento en el que Putin se pasó por el forro el bienestar de los ucranianos y el resto del planeta estuvo pensando en cómo se podía dar la respuesta más contundente sin ser excesivamente contundente, el líder ruso ya había ganado. Ahora, lo que queda, es saber cuántas muertes inútiles hacen falta para que Ucrania agache la cabeza. Rusia ha ganado pero Ucrania no ha perdido, la hemos dejado perder, y el mensaje que queda es que hay demasiados intereses económicos y sociales por encima de la justicia. Otra vez. Una vez más.    Por eso, ya cansados de la muerte, en Odesa, Kiev o Leópolis han empezado a celebrar la vida sin pensar cuánto les puede quedar.

Es curioso el ser humano. A veces necesita estar al borde del precipicio, en el instante antes de empezar a caer, para darse cuenta de muchas cosas. Europa, por ejemplo, está tranquila porque se cree que el problema lo tiene Ucrania cuando la realidad es que la impunidad que le ha regalado a Rusia es un mensaje que ha dado alas a Putin en su soberana misión de hacer lo que le salga de los mismísimos cataplines. Celebrar la vida… ¿Qué curioso, eh? A tu alrededor están cayendo bombas, está muriendo gente y tú te dedicas a salir de fiesta como si nada de todo eso estuviese ocurriendo porque la realidad es que tienes todos los números para ser el próximo en morir. ¿Te suena? Exacto, esa es la mentalidad ahora en Europa disfrutando del verano. Hace demasiado calor como para ponernos a ayudar a Ucrania. Y más en agosto, que es el mes de vacaciones. A ver si en septiembre, ‘passat festes’, nos ponemos en serio. Si no estamos muertos, claro.

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