El domingo 14 de agosto del 2022 John Wilson se levantó en la habitación 302 de un hotel en Cala Galdana, situado en la bella isla de Menorca. John Wilson estaba dispuesto a amortizar su pulsera del todo incluido, la noche anterior le había sentado regular el vodka de garrafón que contenían los dieciséis Sex Beach que se apretó después de la cena, pero tras una reconfortante ducha, con el ánimo renovado y perfumado; se dirigió al buffet libre de la primera planta. Según cuentan los testigos presenciales el bueno de Wilson batió todos los récords del establecimiento en cuanto a cantidad de huevos fritos consumidos, lonchas de beicon engullidas, salchichas devoradas, judías tragadas sin respirar, tostadas ingeridas a velocidad del rayo, cruasanes tragoneados a un ritmo frenético y hectolitros de café bebidos. Wilson estaba satisfecho y subió, tatareando una vieja canción de su tierra, a su habitación para ponerse el bañador.

No se sabe si fue por el golpe de temperatura con el aire acondicionado que se dejó puesto a toda mecha, o quizás por la falta de darle a los dientes para masticar mínimamente todo lo que se zampó, pero a Wilson le entró la madre de todos los retortijones y se fue al baño. Wilson lo cagó todo, lo del desayuno, los dieciséis Beach y hasta el tupper de albóndigas de cuatro kilos que le dio su madre para el avión. Wilson tiró hasta cuatro veces de la cadena, y a la quinta se dio cuenta de que aquello se le había ido de las manos y, sudoroso y pálido, llamó a recepción.

En seguida subió Martín, el joven pero altamente cualificado jefe de mantenimiento, que en cuanto vio el percal supo de la gravedad del mismo y llamó a sus colegas los socorristas de la playa para avisarles, con el lenguaje youtuber propio de una generación que ya nació con móvil debajo del brazo: «Chicos, id cerrando la playa porque se vienen cositas». Y así es, queridos lectores, como ese 14 de agosto de 2022 la playa de Cala Galdana permaneció cerrada un par de horas por vertido de aguas fecales y Wilson batió todos los récords en cuanto a ingesta en un desayuno bufet y en cuanto a capacidad de eliminar mierda de un cuerpo supuestamente humano.

Y es que este año en Menorca pulverizamos todos los récords: el de consumo eléctrico, el de temperaturas, el de aviones regulares y  privados, el de autobuses lanzaderas, el de número de hoteles rurales con o sin encanto, el de gente aplaudiendo al sol, nunca lo entenderé, el de yates lujosos y su consumo de diesel, el de coches por la carretera, el del número de famosos y famosillos por metro cuadrado, el del precio de la vivienda, y el de cantidad de irascibilidad, arrogancia y prepotencia flotando en el aire. Es oficial, a golpe de récord hemos matado la isla de la calma y el poc a poc para pasar a ser una isla Guinness que no para de batir, pulverizar, romper, machacar récords de mierda que maldita la falta que hacían.

No tengo nada claro el tema, solo sudo, mucho, y reflexiono, un poco, sobre el mismo, porque, llámenme ñoño aficionado al lúpulo, amo a nuestra isla con la misma intensidad que el primer día que puse el pie en ella. Cierro diciéndoles que no sé qué fue del bueno de Wilson, como no sé qué será de nuestra roquita, pero a los dos, como a todos ustedes les deseo un feliz jueves. (Ojalá para cuando puedan leer esto las temperaturas nos dejen respirar sin dar bocanadas como peces fuera del agua, porque mi fiel amigo, el ventilador de techo, ya me ha dejado claro que no puede más).

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