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Seguramente estamos de acuerdo en señalar que la misión de los gobiernos no es hacer más feliz a la población, a la gente, término en boga con esa acepción ordinaria de masa para referirse al conjunto dispar de personas. Nos bastaría con que no hagan la vida más difícil.

De algunos filósofos, entre los clásicos, he leído la sabia distinción entre la felicidad y la felicidad negativa. La primera es consecuencia de las acciones dirigidas a mejorar el estado de ánimo, como las fiestas patronales ahora en Mahón que alientan los buenos deseos del vecindario y visitantes. La felicidad negativa es definida como la ausencia de dolor, malestar o preocupaciones, llevar una vida sencilla, dicho en expresión corriente.

No es preciso que nos regalen el transporte a cambio de que este sea colectivo, sino garantizar el trabajo y unos ingresos coherentes al mismo para que cada cual pueda asumir el coste de sus desplazamientos. Tampoco hace falta que nos subvencionen un poco el combustible sino que este tenga un precio asumible.

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Probablemente tampoco queremos que nos den dinero en bonos para que lo gastemos en los comercios sino que cada cual pueda decidir dónde y cómo compra. Otro tanto ocurre con el precio de la luz, un ámbito en el que tan pronto ponen como quitan impuestos y de la que no entendemos una fluctuación que manejan como gánsters grandes compañías y gobiernos.

Tampoco habrían de ponerse a la venta, como ya está ocurriendo, casas con okupas porque no hay manera de recuperarla con agilidad por la vía judicial. Bastaría con proteger como toca la propiedad privada, uno de los derechos naturales al decir de John Locke cuatro siglos atrás.

La subvención se ha convertido ahora en norma, una manera de hacernos más dependientes del poder a costa de ese otro gran derecho natural, la libertad, que está en franco retroceso.