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Yolanda Díaz ha presentado su proyecto que, como tal, no es otro que sumar votos de un espectro político tan poblado como disperso y que se halla huérfano de referente personal desde que Iglesias se convirtió en señorito, llegó a vicepresidente del Gobierno, dio el petardazo al cabo de un año y se ha acomodado finalmente como predicador en los medios.   

Las herederas han advertido que unidas perdemos y separadas veremos cómo se esfuma el poder que tan felices les ha hecho vendiendo feminismo radical, aunque el resultado práctico de esa política ha sido justamente el contrario al perseguido.

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Yolanda, que desprende cierto aire de musa, es por la izquierda no corrupta, o al menos de corrupción todavía invisible porque ha tocado poco poder, lo que fue y es Macron para el centroderecha francés. Cuando hay una personalidad, aun de construcción harto artificial, que despierta esperanza, basta ponerle ruedas para que eche a andar. Así se llama la organización, movimiento más que partido, del presidente francés, una inspiración para la  izquierda española que intenta ser capaz de romper la hasta ahora inevitable sociedad con el socialismo para vivir con autonomía.       

La política a veces es tan sencilla como una idea, un espacio más o menos definido y una persona que los lidere y que resulta determinante para el éxito o el fracaso. Estos se dirimen en poco tiempo, no hay segundas oportunidades, suelen resultar fugaces, no más allá de un periodo electoral, los cambios sociales viajan hoy la ritmo de la tecnología, el hoy es viejo mañana.

Ese parece justamente el momento de sumar, que va a suceder a un Podemos difuminado por falta de liderazgo y un discurso sin más recorrido que la demagogia oportunista, aunque no llega a las locales de mayo, habría sido una buena piedra de toque.