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Nicodemo era una persona ilustrada, influyente que conocía bien las escrituras y que, como fariseo, formaba parte del Sanedrín. Era uno de los que esperaban el Mesías y quería ser fiel a las enseñanzas de Moisés y los profetas. Siente un verdadero impacto ante la figura de Cristo que irrumpe en la actualidad de la vida de Judea. Escucha su doctrina, la autoridad con que la imparte y los milagros que la acompañan. Está convencido de que es un enviado de Dios porque «nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él» (Jn 3, 2). Pero no ve las cosas claras y desea saber más.

Entonces ¿qué hace?, pues dirigirse directamente al mismo Cristo, aunque de noche para no llamar la atención. No quiere comprometerse ante algo que aún no ve seguro ni acaba de comprender. Pero lo importante es ir a Jesús.

El Maestro va enseguida al grano y le dice: Para entrar en el Reino de los Cielos has de nacer de nuevo ¿? No según la carne sino según el agua y el Espíritu. ¿? Has de creer no solo en las cosas terrenas sino también en las espirituales. Para ello has de tener fe, creer en aquel que ha bajado del cielo: el Hijo del Hombre, es decir, Jesucristo, el que habla contigo, que se ha encarnado para salvar a los hombres. Él es la verdad que alumbra las mentes y les indica lo que tienen que hacer para salvarse.

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Jesucristo es la mayor obra de Dios que demuestra su gran amor por los hombres. Tanto les ama que les entrega a su Hijo para que el que crea en Él tenga la verdadera vida, la espiritual, por sobre la natural, que puede perdurar hasta la vida eterna. Y en este empeño Cristo será levantado en alto, es decir, clavado en una cruz, como la serpiente en el desierto, para que el que crea en Él tenga vida eterna y sea salvo. Para salvarnos llegará hasta este extremo de amor.

Cristo dando testimonio de la verdad es la luz que nos alumbra. El que obra de acuerdo con lo que nos dice Cristo, este se salva. Cristo no ha venido para condenar a nadie. Solo el que no cree en Él y no obra de acuerdo con la verdad, el que rechaza la luz y se empeña en permanecer en la obscuridad se condena, porque quiere. «Pues todo el que obra mal odia la luz y no viene a la luz para que sus obras no le acusen. Pero el que obra según la verdad viene a la luz, para que sus obras se pongan de manifiesto, porque han sido hechas según Dios» (Jn 3, 20-21).

Con estas confidencias de Cristo Nicodemo se va convencido. Su fe es grande, segura y valiente. A la hora de la cobardía, cuando muchos han huido, él, junto con José de Arimatea, va a bajar de la cruz el cuerpo del Señor y lo entrega a su santísima madre. Luego proveído generosamente de unas cien libras de mirra i áloe, ungirá el cuerpo del Señor. ¡Cómo se robustece su fe! Aquel que había recibido el anuncio de que era necesario que el Hijo del Hombre fuera clavado en la cruz, ahora -¡qué poco tiempo ha transcurrido!- va a desclavarlo y darle santa sepultura. La entrega total de Cristo constituye la llamada más apremiante a corresponder a su gran amor. Por esto nosotros, agradecidos, queremos ser como Nicodemo y, con el olor de nuestras buenas obras, enterraremos a Cristo en lo más profundo de nuestro corazón.