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Cuando me lean ya habremos dejado atrás la Semana Santa y como escribo esto en miércoles, antes de finalizarla, no sé si se oirán chirriar los neumáticos de los coches al pasar sobre los restos de cera, porque tampoco sé si  van a llevar los cofrades velones encendidos o serán antorchas a pilas, porque ya saben que cera es la que hay y no más.   

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En la época en que yo era miembro de una cofradía utilizábamos las de arder y que, por cierto, nos pasábamos como si fuéramos fumadores empedernidos, media procesión pidiendo fuego al compañero porque a la primera brisa por suave que fuera se apagaban. Y esos caramelos que íbamos regalando a amigos y conocidos que nos miraban las puntas de los zapatos para ver si así nos reconocían.

Y debo admitir que me siento a gusto y reconfortado cuando esos recuerdos acuden a mi mente, sin forzarlos, sin empujones, es como meterse en un pequeño túnel del tiempo para ver cómo era todo hace unos cuantos años. Ojalá pudiéramos tener más ocasiones para refrescarnos por dentro, serían como extintores dispuestos a apagar esos fuegos que algunos pirómanos de pacotilla nos provocan con el único placer de ver convertidas en cenizas todos nuestros sueños e ilusiones. Y lo siento por ellos, pero sin dolor, perdieron la oportunidad de poder ser soñadores y relatar sus experiencias.