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El ejército de Israel ha tenido que asesinar alevosamente a siete trabajadores humanitarios, seis de ellos «occidentales», para que hasta los más complacientes con la vesanía de Netanyahu descubran la naturaleza de su propósito, el exterminio de los palestinos de Gaza. Condenados a perecer, se elimina también, o principalmente a fin de coronar la operación, a quienes les socorren con alimentos, a quienes curan sus heridas en los hospitales y a quienes tratan de informar al mundo de ese sindiós desencadenado ante la pasividad de las potencias, si es que no con su complicidad al suministrar las armas y las municiones con que se perpetra el genocidio.

Haciendo alarde de un cinismo infinito, el gobierno ultraderechista israelí se ha disculpado por lo que califica de «un error». ¿El mismo error que ha matado ya a 33.000 civiles inocentes, más de la mitad de ellos mujeres y niños? ¿El mismo error por el que se ha asesinado a más de un centenar de periodistas y a sus familias, a doscientos trabajadores humanitarios y a incontables médicos y sanitarios en menos de seis meses? ¿El mismo error de haber bombardeado y destruido guarderías, hospitales, universidades, templos, granjas, depósitos de agua o mercados?

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Los tres autos del convoy en que se desplazaban los trabajadores del cocinero español José Andrés iban perfectamente identificados, y las coordenadas de su itinerario se habían comunicado al ejército israelí de ocupación precisamente para evitar el «error» de ser masacrados. Pero iban a dar de comer a quienes ese ejército está matando de hambre, y el error era inevitable.

Estados Unidos, el tradicional valedor de los desafueros de Israel, parece empezar a sentirse incómodo con la dimensión del genocidio, pero es, al parecer, porque su gobierno teme que perjudique las expectativas electorales de Biden. Su malestar, en todo caso, no se traduce en el cese del envío de armas a los matarifes, ni aunque con alguna de éstas hayan reventado a uno de sus nacionales. La depravación, pues, se consagra con la impavidez de cuantos, pudiendo hacer algo por atajarla, la asisten y la arman. Un error. Todo es un asqueroso error.