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El Poblado de Pescadores de Binibeca Vell es uno de los primeros lugares de visita casi obligada cuando llegas a Menorca. Su color blanco cegador, el mar de fondo, esas callejuelas estrechas en las que se ruega guardar respeto y silencio, una especie de Liliput, pintoresca y única, pero que, sin embargo, es una urbanización privada, construida a partir de 1964 por el aparejador Antonio Sintes y el arquitecto Barba Corsini. La propia comunidad cuenta con una página web y allí explica que nunca ha sido ni un poblado ni de pescadores -aunque sí hubo un antiguo refugio en la zona-, pero siempre se ha llamado «graciosamente» así.

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La gracia se perdió cuando los visitantes empezaron a ser miles, en torno a los 800.000 anuales, en busca de la imagen perfecta. No sabemos en qué momento, pero Menorca ha hecho un clic, ligado a las redes sociales, y el asunto se nos está yendo de las manos. Los vecinos lograron implantar un horario que ahora han recortado y autoriza el acceso entre las 11 y las 20 horas, para poder vivir y descansar. El negocio de las excursiones turísticas aprovecha este enclave, y como en otros muchos puntos de la Isla, ellos están hartos de padecer las molestias sin tener un retorno y sin que se tomen medidas para regular la situación. Afirman no haber recibido la compensación prometida por la Fundació Foment del Turisme y amenazan con cerrar a cal y canto la zona y explotarla ellos mismos o ceder su explotación, se acabó que sea abierta al público como hasta ahora. La cuestión no es menor, las administraciones no pueden eludir su responsabilidad, no solo porque hay actividades económicas en juego y por estos vecinos en concreto, sino también porque este caso sienta un precedente y un ejemplo que puede cundir debido a la masificación. Cada vez son más los sitios que se limitan a los turistas, pero también a los propios isleños. Aunque se entiende, en Binibeca se han cansado de ser figurantes en su propia casa.