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Los medios informativos nos están recordando, estos días, aquel 25 de julio de 1992, cuando los ojos de los espectadores de todo el mundo estaban puestos en Barcelona: se inauguraban los Juegos Olímpicos en la Ciudad Condal que fueron clave para el desarrollo del diseño de España. Hoy, sin embargo, treinta años después, muchos se preguntan: ¿por qué España, un país modélico durante la Transición, ha llegado a este grado de deterioro, que empuja a los ciudadanos a desconfiar de nuestros dirigentes y huir de la política? Hay que recordar que España no sólo logró pasar sin violencia de una dictadura a una democracia parlamentaria, sino que, además, entró en la Unión Europea, modernizó sus estructuras económicas y vivió un momento de florecimiento cultural, que fue la envidia del mundo.

No es fácil establecer las causas de por qué esa nación que provocaba asombro se haya convertido en un país dividido, sectario, sin un proyecto que genere ilusión, y con unos partidos políticos y unas instituciones desprestigiados. Durante estos años ha habido corrupción, nepotismo, puertas giratorias, clientelismo, y otros males que han minado la confianza en las instituciones. No creo que el problema esencial sea la falta de liderazgo y la escasa talla de los dirigentes actuales. El mal es más profundo y guarda relación con nuestro sistema de valores. Eso explica que conductas inaceptables, no sólo no sean repudiadas socialmente, sino que son premiadas en las urnas. Hay un vestigio de admiración hacia el que sortea la ley, lo que nos llevará a perder la libertad, e inevitablemente, a perder la ética. Por eso Aristóteles se preguntara si es posible conciliar el orden natural con el orden moral.