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Para mí cualquier día que visito una librería es una fiesta, pero para el Gremi de Llibreters no. Para los libreros sólo es fiesta un día al año, precisamente el día de Sant Jordi, cuando abandonan su acogedor local para desparramarse por la calle y someterse a la intemperie, los gases tóxicos de los coches y la suciedad urbana. Y con entusiasmo, a fin de acercar los libros, pues eso, a la puta calle, siempre aficionada al bullicio. ¡Con más de 200 autores firmando ejemplares en las esquinas, como gatos callejeros! Todo lo cual me obliga, en tanto que antiguo cronista cultural, a decir algo cada año, recordándoles que sí, que es Sant Jordi. No sé hasta cuándo cumpliré esta obligación ritual, que exige ponerse muy sentimentales, pero de momento estoy en ello.

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Según el Gremi, que este día salva el año, hay muchos más fans de Sant Jordi que de los libros en sí, lo que no extraña en un mundo tan sentimental y festivo, donde cosa que no se convierta en evento verbenero de actividades lúdicas, cosa que no existe. Parecería que en lugar de a la calle, donde hay que llevar los libros es al móvil y a internet, que es donde está la gente, pero eso hace tiempo que se hizo y no basta. Hay que añadirle la fiesta, lo que exige un santo, mejor con dragón y rosas, y aunque no soy proclive a tales cosas (a los dragones sí), y la única actividad que se me ocurre con los libros es leerlos (no todos, algunos), por una vez al año no pasa nada.

Otro ritual de estos comentarios culturales, que no puede faltar, es que el comentarista recomiende varios libros, porque las rosas, o llegan solas o no llegan. Este año lo tengo fácil. Ya les hablé en Pascua de «Cordero negro y halcón gris», de Rebecca West, recién publicado por Reino de Redonda, una obra maestra del siglo XX. Técnicamente se trata de un libro de viajes (el mejor, dicen los entendidos) a la antigua Yugoslavia (Serbia, Croacia, etc.) en 1937, tras la caída de imperio austrohúngaro, pero si no les interesa la historia, ni los eslavos del sur, ni ese género narrativo, da igual. Porque es un viaje al fascinante cerebro de la intrépida señora West (Cicely Fairfield de verdadero nombre). Extraordinario. Busquen ese cordero negro y ese halcón gris. Dilatarán largamente la fiesta, y harán feliz a su librero. Viva Sant Jordi.