Pantallas con la comparecencia de Pedro Sánchez. | Albert Gea

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Pedro Sánchez se queda, pero los españoles han visto que es capaz de irse y ahora asisten entre la estupefacción de la derecha y el alivio de la izquierda al desenlace de este drama en directo. La posibilidad de que convocara unas elecciones estaba casi descartada y las dos únicas opciones viables eran el martirio o la continuidad. Ha elegido la continuidad frente al martirio y habrá que ver las consecuencias de su decisión y qué implica en los dos bandos de la arena política.

De momento, los socialistas, que han mantenido contenida la respiración durante estos cinco días, por fin han respirado aunque a costa de ver cómo su líder no posee la resistencia de aquel famoso manual. Sus rivales políticos acaban de consolidar sus argumentos para criticar al cesarismo populista del presidente del Gobierno, la comedia de su no dimisión, con anuncio al Rey incluido. La no noticia es la noticia.

Estos cinco días han sido, probablemente, el primer error estratégico del presidente del Gobierno, Su declaración no servirá para mucho porque es probable que nada cambie. Sánchez no ha elegida la vía lampedusiana de que todo cambie para que todo permanezca, sino que ha elegido el plebiscito. Ha convertido estos cinco días de reflexión en un plebiscito socialista sobre su continuidad y, obviamente, ha ganado el sí. Seguirá, sí, pero a qué precio. Visto el desenlace en el que nada ha cambiado, nada cambiará, incluida la posición de los partidos de derecha y extrema derecha en su contra.

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Pedro Sánchez podría haber afianzado aún más su leyenda, aquella que comenzó precisamente con una dimisión, la marcha del Congreso, para no tener que votar a Mariano Rajoy. La de hoy no habría sido una dimisión; habría sido un martirio que le habría catapultado en el futuro a los cielos europeos como líder completo de la Comisión Europea.

Ya sabemos lo que Sánchez tenía que decir a los españoles, pero tal vez lo más importante de su comparecencia ha sido lo que no ha dicho, pero sí ha insinuado. Ha apelado a la movilización de la calle y ha anunciado un plan de regeneración democrática que no ha concretado, pero que hace pensar en un plan legislativo de cambios profundos, que pueden afectar al Poder Judicial, a los medios de comunicación y quién sabe si al funcionamiento de la propia Justicia. Su mensaje es que hay que acabar con el fango, esa espesa capa de mentiras que se ha instalado en algunos medios de comunicación y que arrastra tras de sí a la política. O viceversa. Si lo consigue, al menos estos cinco días de psicodrama habrán servido para algo.

Sánchez se ha levantado de nuevo, pero en esta ocasión lo hace más débil que en las anteriores. Puede que su gesto sea un revulsivo para los suyos, para un Gobierno paralizado casi desde que tomó posesión, que en ocho meses no ha hecho otra cosa que preparar la ley de amnistía. Su amenaza de dimisión habrá servido para levantar a una militancia de izquierdas desmotivada. Ha activado a los socialistas apelando a la movilización social. Hasta ahora todos los trucos que ha empleado le han funcionado; está por ver si esta también o si es el principio del adiós del presidente.