TW
0

Soy de aquellas personas que cuando no tiene nada que decir, ni habla, ni mucho menos escribe. De ahí mi silencio administrativo que algunos de ustedes me han reprochado en plena calle por dejarles durante un tiempo sin "Com més mar, més vela". Entiendo, claro está, que lo que digan nuestros colaboradores deCulturàliaes más interesante que cualesquiera de mis delirios. Pero vuelvo a la carga comenzado un año en el que afirman: "Todo se resolverá". Miedo me da, y ni cabe decir que, descorchada la botella de artes varias, este 2011 le deben de flojear las piernas a más de uno de nuestros políticos.

De uvas y balances
Tras las uvas es hora de balances y, lamentablemente, los proyectos culturales incumplidos siempre pesan demasiado en la báscula de deberes burocráticos pendientes. Pensando en la parte positiva del asunto prefiero priorizar y que se carguen sólo el pato en cuanto a infraestructuras se refiere (que no es poco), pues la politización de la Cultura ya saben ustedes que siempre se mueve en terreno de aguas pantanosas.

Por suerte, las iniciativas de autor continúan moviendo montañas en esta Isla. El estreno en casas particulares del teatro de La Clota o de la música de Petrus en petit comité frente a un público casero me parecen ideas estupendas. El ingenio de nuestros creadores va por delante de las decisiones de presupuestos y gobernabilidad. Es aquello de: "Cuando tú vas, yo vuelvo...". Y cuando algunos despiertan otros ya han cubierto las necesidades del público mediante la iniciativa privada.

Y ¿qué tiene que ver todo esto con el David de Miguel Ángel? Pues nada y mucho. La imponente escultura de mármol blanco es la metáfora de que en el arte, como en la vida, no se trata de distinguir entre buenos y malos. Hay mecenas y autores; observadores y conservadores; y vendedores y compradores a los que les une el propósito de que el motor artístico no se pare. La responsabilidad recae sobre todos nosotros por igual.

Un reciente viaje a Italia me ha hecho darme de morros con la desfachatez humana. Cuatro vigilantes velan por el David en la Galería de la Academia en Florencia. La pieza estrella del centro museístico es mimada hasta la saciedad. No en vano los ingresos por su imagen ya han sido eje de discusión entre el Estado padre y el ayuntamiento florentino. Pero Italia es -a lo español- tierra de cháchara por excelencia. Así que mientras el cotilleo despista a los guardas, los japoneses de turno lo acribillan a flashazos.

Calcos de paparazzis
La anécdota es la misma en el palacio de Los Uffizi con el Nacimiento de Venus (Sandro Botticelli); frente a los frescos de las Catacumbas de San Calixto en la Vía Appia Antica; o en el Museo del Vaticano con la Capilla Sixtina. A esta última hay que añadirle el "Silenzio, per favore!" de los desgañitados vigilantes vaticanos que en vez de en un museo parecen trabajar al cuidado de un rebaño de ovejas descarriadas.

El flash que aniquila el ser se corresponde a un hecho tan absurdo como el de pavonearse (hoy vía Facebook o Twitter) de que uno estuvo allí. Una actitud que hace que el paparazzi de arte que colecciona trofeos pase de largo, no entienda ni reflexione sobre la obra y por supuesto la deteriore.
El flash que roba el alma de la creación es, como dije, la desfachatez humana en estado puro.