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No le costó nada, la verdad. Estábamos en una fase que bien pudiera considerarse estancamiento en el trato, con algún desencuentro no deseado donde el corazón se empeña en derroteros que la razón rechaza de plano. Así que decidí poner toda la carne en el asador y se lo dije en una carta: cierra los ojos. Y los cerró, luego, la induje a imaginar una historia que se aproximara a la realidad, y vi que en ella estaba yo con esta cara de pasmado que Dios me ha dado; y se lo expuse bien claro:¡escríbelo!Se puso manos a la obra de inmediato y a la altura de la página 24 convinimos que un amigo común nos presentara -Gabriel, le llamamos- y seguimos y seguimos dándole a la tecla de la quimera hasta sentirnos como en nuestra propia casa. Ella tenía mucho talento, se percibía desde el comienzo de la saga, y fue entramando un ensueño realmente extraordinario. Cuando salió el primer volumen íbamos de la mano y entre capítulo y capítulo nos besábamos dando gracias al Cielo por el espejismo de nuestro simulacro literario… Fantasías, dijeron en la crítica, pero unas fantasías que se vendieron con suma facilidad y la gente nos las quitaba de las manos con delirio. Pronto salió el segundo tomo.

No es que me arrepienta, no; sé que en la constelación de las utopías intelectuales se ha descubierto una nueva estrella y en ella he estado yo, pero desde hace varias entregas la vida ha cambiado: ella vive ahora en Manhattan en el pisito de un agente de tiros largos y sé a ciencia cierta que a mí me tienen reservado un pequeño apartamento al otro lado del Atlántico, para que resignadamente siga pariendo en secreto muchos más microrrelatos…

(Dedicado a aquella que rompe mis silencios).