Imagen de uno de los ensayos | S.O.

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El bajo-barítono menorquín Simón Orfila dice ser un «obrero de la ópera» que aspira a «seguir en la rueda», un hombre normal, casero, que extraña su tierra cuando está de gira y que no tiene mayor superstición que descansar y beber, de cuando en cuando, Coca-Cola antes de salir a escena.

El cantante, entrevistado por Efe, debuta este martes en Bruselas con «L'Elisir d'Amore», en la que puede dar rienda suelta a sus dos pasiones: cantar y hacer reír, enfundado en el traje del charlatán Dulcamara, que vende una poción de amor al ingenuo Nemorino para embaucar a Adina.

Si estas palabras han evocado al lector una imagen oscura como la de Macbeth ante el caldero humeante de las tres brujas se equivoca: el Dulcamara de Orfila lleva coleta, viste vaqueros y vende su elixir en lata, sin dejar de ser el personaje «bufo» que ideó Donizetti.

«Siempre he tenido mucha jeta, nunca he tenido vergüenza, es una palabra que no conozco», bromea Orfila hermanado con su personaje, que se pasea por una escena de La Monnaie en la que los paisajes bucólicos de «L'Elisir d'Amore» han sido reemplazados por las sombrillas, la arena y los biquinis de una playa mediterránea.

¿Dónde queda la pompa de la ópera? «Yo creo que esa imagen es equivocada y hoy en día más, cuando ves a la gente joven en el público que viene a verte hasta en chándal. Poco a poco esta etiqueta de elitismo se va quitando, por suerte», dice el menorquín.

«Soy el primero que se arregla para la primera función, pero creo que la ópera tiene que abrirse», afirma el cantante, quien destaca que ahora ya se puede ir a ver una función «por 20 o 30 euros, igual o más barata que un concierto de Madonna, una corrida de toros o el fútbol».

Pese a que la entrevista se desarrolla en la cafetería del Hotel Metropole, conocido por haber reunido a ilustres cabezas como Marie Curie y Albert Einstein en la famosa conferencia Solvay, el menorquín no se contagia del lujo barroco y acude a la entrevista cargando unas bolsas de una conocida marca de ropa asequible.

«Somos personas normales y corrientes, como cualquier otra. Luego hay gente especial, como en todas partes, pero también hay banqueros especiales y banqueros que son muy majos. O lavanderos, camareros», explica Orfila.

El bajo-barítono celebrará su 39 cumpleaños este domingo en Bruselas con otra función. Coqueto, confiesa que no le es indiferente cumplir años, aunque para su 40 aniversario no pide más que «hacer una incursión en Verdi» y seguir «teniendo trabajo cada mes».

«Quiero seguir en la rueda, ya que yo me considero un obrero de la ópera. Estoy siempre trabajando, siempre intentando superarme, y solo pido eso, seguir teniendo trabajo», dice. Y es que su aniversario marcará también media vida sobre los escenarios de las óperas.

Frente a las «estrellas fugaces que, de repente: ¡pum!, salen y se convierten en divos», Orfila encarna una carrera de fondo, labrada día a día desde que estudiaba en el conservatorio de su Menorca natal.

De niño ya sabía que quería ser cantante o humorista y terminó por convertir la pasión musical que heredó de su madre y su abuelo en una profesión, gracias también a la mano del tenor español Alfredo Kraus, su referente «profesional, pero también personal».

Y es que la ópera para Orfila es, precisamente, pasión. Una palabra que él tiene el raro talento de pronunciarla sin que suene petulante o manida.

«La ópera es apasionante, te pone la piel de gallina y cuando pasa eso, es porque realmente te ha llegado», resume.

Por eso, el cantante dedicaría el «Udite, udite o rustici» (oíd, oíd, oh campesinos) que entona Ducalmara a la «gente pasiva, que no hace nada», para que «se moje más en todo».

«Es entendible, porque estamos en un momento de disgusto general, pero la gente no reacciona, solo sale a la calle cuando gana su club de fútbol preferido, me parece increíble», dice el cantante, que confiesa que las injusticias también le provocan «muchísima rabia».

¿Es la pasividad, entonces, lo contrario a la ópera? Orfila reflexiona un momento y contesta, ya seguro, con un rotundo «sí».

«L'Elisir d'Amore» será representada en La Monnaie del 8 al 18 de septiembre, en una coproducción con el Teatro Comunale de Bolonia y el Teatro Real de Madrid, un montaje que lleva la firma del director italiano Damiano Michieletto y que cuenta con la batuta de Thomas Rösner.

Simón Orfila, que ya ha interpretado el rol de Dulcamara en Menorca, en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona, en la Casa Internacional de la Música de Moscú y en el Colón de Buenos Aires, comparte escenario con el tenor Dmitry Korchak (Nemorino) y a la soprano Olga Peretyatko (Adina).