Xavier Vilató, en el taller de su casa menorquina de Alaior, en la que da forma a sus creaciones y donde prepara su nuevo trabajo - AMO

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La sala multifuncional de Es Mercadal acogerá el próximo día 3 de septiembre la proyección de la película "Une journée ludique" rodada por el polifacético artista franco-español Xavier Vilató Lascaux a caballo entre Francia y Menorca. Vilató (Boulogne-Billancour, Francia, 1958) suele pasar largas estancias en su casa taller de Alaior a la que se refiere como "su refugio creador".

La blanquecina casa predial en la que reside emerge entre un rodal de pinares y encinas como una de sus pinturas de serena y mediterránea belleza. "Menorca es la base de mi herramienta de trabajo", recalca práctico sin ningún propósito adulador, tras recibir al "Menorca" en su estudio, rodeado de cuadros, fotografías, libros y pinceles donde prepara una nueva película para el Museu Frederic Marès de Barcelona. Este videocreador, pintor, ilustrador, fotógrafo, escritor y escultor, un creador con mayúsculas, explica su profundo cariño y aprecio por las gentes y la belleza natural de la Isla. "Cuando llegué por primera vez en 1986 redescubrí un Mediterráneo que creía acabado, encontré el paisaje virgen de mi infancia y la relación entre el campo, el mar", comenta este parisino que rehúye el artificio y se entrega a la naturalidad y sabiduría ancestral del mundo de la payesía. Hijo del pintor Javier Vilató, es nieto del también pintor francés Elie Lascaux, sobrino nieto de Pablo Ruiz Picasso y del marchante y editor Daniel-Henry Kahnweiler, entre otros destacados nombres del mundo del arte, por tanto su árbol genealógico es en sí mismo un pequeño recorrido por el mundo del arte europeo del siglo XX. "Cuando dibujaba en el colegio, la pintura era entendida como un juego por el resto de los niños y por sus padres, pero en mi casa la pintura era una cuestión de adultos, donde me enseñaron a darle un valor y a pensar diferente al grupo", explica. De hecho Vilató realizó sus primeros óleos y grabados a la edad de seis años. Su pasión por los grabados sobre cobre, litografías y serigrafías raya en la locura, asegura, y en esta especie de resistencia por salvar una técnica artística cada vez más en desuso no ha dudado en aprender de los mejores maestros estampadores franceses y españoles. "Cada generación intenta salvar lo que le parece importante de las que le han precedido", justifica. "He llegado muy joven a un mundo muy viejo", parafrasea con una sonrisa modesta a pesar de que su variopinta obra está presente en numerosas colecciones privadas y públicas, como el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid, la Biblioteca Nacional de Francia, L' Artothéque de Limoges y ha expuesto en lugares tan prestigiosos y simbólicos para él como la Fundación Picasso-Casa Natal, en la que ofreció una antología de su obra (1975-2005). Tal vez su forma de entender el arte sea el secreto de su éxito. "El arte empieza donde la palabra no llega, eso es la música, la pintura. No concibo un arte que el público no entienda, porque ante todo debe comunicar. Me parece terrible que el artista pretenda ser demasiado intelectual y no logre conectar con el público al que se debe", asevera.

Los menorquines tendrán precisamente la oportunidad de ver dentro de unos días uno de sus trabajos, la película "Une journée ludique", donde lo onírico, la realidad, la infancia y los juegos se entremezclan a modo de caleidoscopio y que Vilató tardó cuatro años en ensamblar. "Los sueños nutren la vida y ayudan explicarla", comenta. La película cuenta un momento clave en la vida de una persona que aguarda una respuesta posiblemente trágica en una sala de espera. "En ocasiones, el único consuelo para soportar lo insoportable es abrir una ventana y recordar la infancia", señala. Posiblemente sea éste, aunque Vilató no lo menciona, el motivo de su obsesión por retener el pasado a través de las decenas de juguetes de su infancia y otros adquiridos a posteriori que atesora en su casa menorquina. Precisamente, en ella se rodó parte de la película en una de cuyas escenas se hace un homenaje a la Isla a través del vino Ferrer de Muntpalau de las Bodegas Crispín Mariano, viticultor y restaurador por el que Vilató siente una especial predilección. "Además de hermanos de sangre, hay hermanos de vino, como nosotros", asevera delante del propio Crispín Marino. La relación entre el bodeguero atraído por el arte y el artista atraído por el vino se inició hace años, no en vano uno de los cuadros de Vilató forma parte de la etiqueta y la colección de serigrafías que acompañan este caldo. "Vilató me rescató en un momento que sopesaba dejar de hacer vino", confiesa Crispín Mariano, "dio un impulso a lo que hacía, un valor más, encontré un camino paralelo. Él entendió el vino Ferrer de Muntpalau y la relación es ya indisoluble", añade. Indisoluble como la relación del artista con Menorca y sus gentes.