Neus ha recorrido la costa mediterránea francesa y también puertos italianos en un chárter por el que se pagan 160.000 euros a la semana - N.P.

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Ha logrado unir su profesión con la afición que siente desde que era una niña por el mar y se ha enrolado en una aventura que de momento le ha permitido viajar por el Mediterráneo y tocar puerto en Roma, Capri, Elba, Mónaco o Cannes.

Neus Pons Domènech ejerce una profesión todavía atípica entre mujeres, es ingeniera técnica especializada en electricidad y trabaja en un barco, un velero de recreo que ahora mismo está en reparación y tiene base en la localidad fronteriza de Port-Vendres, una pequeña localidad de la Côte Vermeille, en el departamento francés de los Pirineos Orientales. Allí se dispone a pasar la Navidad entre la pequeña familia que habita el barco, cinco personas de procedencias diversas que forman la tripulación.

¿Se ha sentido sola ejerciendo una profesión aún hoy día masculina?
- Sí, todavía es un trabajo en el que hay más hombres. Somos pocas las mujeres ingenieras y menos trabajando en un barco. En el yate en el que estuve anteriormente estuvimos en una marina comercial en La Ciotat, también en Francia, y allí había más barcos, pero yo era la única ingeniera en todo el puerto deportivo.

¿Vive en el propio barco?
- Sí, todos vivimos en el barco y somos cinco de tripulación. El capitán y el segundo de a bordo son británicos, la chef irlandesa y el primer ingeniero de Panamá. Con él puedo hablar en español, pero mi segundo idioma y el que más se habla en la marina es el inglés. En francés me defiendo pero menos. La verdad es que no tratamos mucho con la población local pero aquí, si lo necesito, también hay gente que habla catalán.

¿No tienen contacto con los habitantes de la localidad?
- La verdad es que poco, vivimos muy de espaldas al pueblo, es una pena, pero estamos más en el barco.

¿Cuáles son sus funciones exactamente?
- Hacemos de todo en realidad, como segunda ingeniera todavía estoy aprendiendo mucho y me dedico al mantenimiento básico de máquinas, tengo que asistir al primer ingeniero en todo lo que necesite, y en cubierta, realizo el mantenimiento de la madera, la teka, los pulidos...

¿Por qué se planteó dedicarse a esta especialización?
- Estudié el Bachillerato Tecnológico y sabía que quería hacer una ingeniería. Como mi padre tiene el grado superior de Electricidad decidí que seguiría sus pasos y haría esa ingeniería. Al acabar la carrera en la Politècnica de Catalunya, después de un tiempo sin trabajo, encontré uno en una pequeña empresa de instalaciones en Menorca. Pero allí el trabajo está complicado y es muy limitado.

¿Y cómo encajaba el mar en su trayectoria profesional?
- Es la otra cosa que siempre he hecho toda mi vida, navegar, hacer regatas. En los años 2010 y 2011, después de la regata de veleros clásicos que se celebra en Maó, me unía a ellos y hacía el circuito del Mediterráneo, navegando por Saint-Tropez, Cannes, Mónaco y otro años a Cerdeña. Allí regateaba con ellos y como es un mundo muy pequeño, y conoces a todo el mundo...

...Surgió la oportunidad de fusionar su afición con el trabajo.
- Desde que navegaba con barcos clásicos, donde hay muchas personas que ya son profesionales, me habían hablado de esta opción, de hacer de ingeniera en un barco. Sabía que existen agencias que buscan profesionales especializados para los barcos, y mi entonces pareja, que es capitán, me dirigió y ayudó bastante, ayudándome a elaborar mi curriculum en inglés y enviarlo. Son agencias de tripulación, de management, que se ocupan de muchos recursos y entre ellos, también los humanos. Así lo conseguí.

¿Es su primer barco como ingeniera?
- No, mi primer barco como segunda ingeniera fue un yate de 50 metros. Era un barco de chárter, me contrataron solo para un mes pero al final tuve suerte y estuve cuatro, hasta finales del pasado noviembre. Pero en principio me habían contratado para realizar un chárter que duraba un mes, era una familia que lo había alquilado y quiso recorrer todo el sur de Francia y bajar a Italia. Pasamos por Capri, Roma, Elba, Portofino y de regreso a Francia, por Mónaco y Cannes. Después el yate se vendió y el dueño reestructuró la tripulación y ya no había plaza de segunda ingeniera. Fue entonces cuando me enrolé en el velero actual.

Es de suponer que los turistas que llevan a bordo son de alto nivel adquisitivo...
- Sí, aquel yate se alquilaba por 160.000 euros a la semana. Los barcos en los que trabajo son de lujo, el velero actual también, aunque ahora mismo no está operativo, estamos arreglando cosas, pero también está destinado a realizar chárters. Los planes son estar todo el invierno realizando las reparaciones serias y en el verano ya navegar.

¿Le gusta el trabajo y la vida que lleva en el barco?
- Sí, muchísimo, es un trabajo muy chulo, conoces a mucha gente, tienes que estar abierta a eso. Lo malo es que no estás con la familia, ahora estas Navidades no estaré en casa, y eso sí que lo siento, mis padres se añoran mucho y yo soy hija única. Ellos lo pasan mal, porque saben que con esta vida no vuelves a tu casa cuando acabas de trabajar. Y no es fácil, no puedes coger siempre un avión y volver a casa cuando quieres, aún así, siempre me han apoyado muchísimo y eso para mí es muy importante.

¿No se plantea volver?
- En Menorca es difícil encontrar este tipo de trabajo. De momento estaré fuera, esto tiene sus cosas duras pero también es un trabajo divertido, aún llevo poco tiempo. Me haría ilusión atravesar el océano Atlántico y navegar por el Caribe, pero bueno, poco a poco. Este es un trabajo muy físico y no lo puedes hacer todo el primer año, hay que ir poco a poco y ver qué barco te conviene o qué plaza, aunque no te guste al principio, es mejor para tu curriculum. Esto, aunque parezca un hobby, es todo muy profesional.