Como en casa. Mercedes hace 25 años que vive en la capital holandesa

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Lleva media vida en los Países Bajos, tanto tiempo que ya piensa en neerlandés, la lengua en la que da clases en el centro ROC van Ámsterdam, donde trabaja como profesora. Mercedes Bravo es lingüista y dirige los proyectos y las prácticas de sus estudiantes en un sistema educativo «muy diferente al de España». Un país desde el que la actual crisis de gobierno española se ve «como un sainete» y en el que la multiculturalidad en su ciudad, Ámsterdam, no es tan feliz como cuando se instaló, «empieza a generar fricciones».

Hace 25 años que llegó a Holanda ¿recuerda cómo fue?
— No recuerdo la fecha exacta pero sí que era el año 1991 y llegué por una combinación de factores. Estaba en Barcelona, donde fui a estudiar con 18 años, conocí al que fue mi pareja, un holandés, y a eso se unieron la inquietud de salir, de ir a otro país y estudiar fuera.

¿Cómo era Ámsterdam a principios de los años 90?
— Era una ciudad de mentalidad abierta, con muchas posibilidades, la vida era muy fácil en realidad, con todo muy regulado pero era sencillo hacer lo que querías, estudiar y formarse, siguiendo esa regulación. Yo al llegar me encuentro un ambiente muy internacional, que al igual que sucede con La Haya o Rotterdam es muy distinto del que hay en el mundo rural. Una ciudad con mucho carácter.

¿La ha visto cambiar mucho?
— Se ha vuelto mucho más estándar. El turismo de masas lo ha propiciado. Por ejemplo, el barrio rojo es ya casi un parque de atracciones. Se ha expulsado a los que vivían en el centro y se ha ido uniformizando.

¿Por qué?
— Bueno, Ámsterdam es una ciudad muy pequeña con un problema de vivienda enorme, como pasa en todos sitios han hecho apartamentos y es difícil encontrar vivienda a precio asequible, la clase media se ha ido del cinturón (la autopista que rodea la ciudad). Yo me he quedado, vivo desde hace 12 años en el barrio De Baarsjes, y aquí seguiré, pero el apartamento en el que estoy, por el dinero que pago, no es para tirar cohetes, es pequeño.

¿Y cuál ha sido la evolución en el aspecto social?
— Un cambio que no me gusta es que cuando llegué la ciudad era multicultural y no pasaba nada, ahora se ven fricciones entre los diferentes grupos. La política de integración funcionó bien durante décadas, en un barrio vivías junto al millonario y el marroquí emigrado, pero ahora, aunque no sea el único factor, el alto precio de la vivienda expulsa a la clase media del centro, donde ahora se alquilan muchas casas pagadas por empresas, para gente que viene a trabajar. La convivencia ha ido a peor y también se ve en el instituto donde trabajo.

¿Puede influir el problema del terrorismo yihadista que amenaza a Europa?
— No lo hemos padecido como en Bélgica pero la posibilidad de atentado es alta, esto lo sabemos, lo que pasa es que sigues viviendo normal. Aquí no hay un Molenbeek como en Bruselas pero también hay barrios conflictivos, han detenido a varias personas..., cada vez es más complicado.

En el plano educativo ¿cuáles son las diferencias más notables?
— En realidad yo no llegué a ejercer en España, conozco el sistema por amigos y compañeros. Lo primero es la segregación a los 12 años, que en España es tabú y aquí es normal, las reválidas se realizan desde hace 18 años.

Lo de segregar suena fuerte ¿exactamente en qué consiste?
— Sí, sí, suena mal, pero no es más que un examen estatal que se realiza al acabar la escuela primaria y que, según los resultados, dirige al alumno a tres niveles diferentes de secundaria. La movilidad después es bastante grande, no significa que alguien no pueda subir o al revés, pero así es como se empieza.

¿Es positivo?
— Tiene ventajas e inconvenientes. Pero yo, por ejemplo, no entiendo cómo mis colegas en España pueden trabajar con una diferencia de nivel tan grande en el aula, es muy difícil. Este sistema permite avanzar con los que están más adelantados y, al revés, que los que se quedan más atrás tengan la atención necesaria y no la frustración de ver cómo otros aprenden más rápido que ellos. Psicológicamente eso también es segregación.

Luego está la élite intelectual, que aquí es por capacidad del estudiante, no porque tu padre te pague un colegio privado. Si alguien tiene la capacidad de avanzar más está bien que tenga el apoyo y los medios para hacerlo, y también está bien que otro que va más lento tenga los medios para llegar a un nivel intermedio.

¿Qué tendencias educativas observa en Holanda?
— Lo que estoy viendo, y esto es general -creo que también se da en España-, es la duda de si estamos educando para tener unos ciudadanos críticos o a lo que le damos importancia es al hecho de hacer y producir. Cuando tienes una masa del 60 por ciento de la población acrítica, que sabe hacer cosas -y aquí somos muy buenos para enseñar eso-, tienes un país muy fácil de dirigir. Esto lo veo cada vez más. Se imparten pocas asignaturas dirigidas a formar un pensamiento crítico, un individuo que pueda forjarse sus propias ideas y no tragarse lo que le digan. Este es un problema no del sistema sino de los contenidos, y tengo entendido que en España pasa exactamente lo mismo: se quitan las humanidades, la filosofía..., la historia es una porquería como se da..., existe ese paralelismo.

Son asignaturas que no ayudan a hallar empleo, dicen...
— Nosotros en las reuniones que tenemos con el Ministerio les decimos que están subvalorando las capacidades de buena parte de los alumnos del país. Yo dirijo proyectos, si les pides opinión sobre un texto los alumnos lo hacen. Desde España por el porcentaje de paro esa moto del empleo es más fácil de vender, aquí no.

¿No hay crisis?
— Ha habido una crisis importante pero ahora la economía está subiendo, y podemos resumir los titulares de los periódicos, después de que el parlamento habla de los proyectos, en que hay regalos para todos. Hemos entrado en tiempo de bonanza.

Eso es rapidez. ¿Y cómo se ve el 'no gobierno' de España?
— Pues como un sainete, hacen bromas, claro. Todas esas peleas bizantinas en Holanda no pasan, sencillamente porque no es un sistema de mayorías absolutas, así que están condenados a entenderse. Negocian la izquierda y la derecha como lo más normal del mundo. Ahora mismo gobierna la derecha moderada con un partido que sería como el PSOE. En los ayuntamientos, que tienen mucho poder porque no hay gobiernos autonómicos, eso también es muy normal. Lo que preocupa es el partido de extrema derecha (el PVV liderado por Geert Wilders) que ha subido mucho, demagogia pura y cuyo lema básicamente es antimusulmán.

¿Alguna vez ha sentido xenofobia por ser del sur de Europa?
— En Ámsterdam siempre fui muy bien acogida, no doy miedo. Ahora a veces noto algún comentario que no puedo decir que sea racismo o xenofobia pero bueno... cosas muy sutiles, como el regreso de algunos tópicos que parecía que ya estaban fuera. Lo que decía, la convivencia entre los diferentes es más difícil.

¿A qué se puede achacar?
— Es complejo, es una amalgama. La tolerancia era «haz y deja hacer», y ahora se ve que no ha sido una política del todo acertada porque el «vive y deja vivir» estaba bien para la primera generación de emigrantes, los que llamaban 'trabajadores invitados', también españoles, que al retirarse volvían a su país. No funciona así, sus hijos ya se quedan aquí, tienen sus padres con sus costumbres e ideas más fuertes que en su país de origen y se sienten discriminados; están en la sociedad pero a la vez no, y a la tercera generación, la cosa explota. Esa es la generación desraizada y en ella se genera resentimiento contra una sociedad que les dijo que les daba todo pero les ha dejado en el gueto.

¿Cómo se puede evitar repetir esos errores?
— Primero, veo mucho más racismo allí que aquí, en los comentarios, y eso genera resentimiento. Se puede evitar con integración, en los colegios, lo que pasa es que eso también significa que la gente que viene de fuera se tiene que adaptar a las costumbres del país. Y eso no es racismo, no es discriminación, es integración, porque si no estás haciendo grupos aparte y de ahí vienen los problemas. Así que si es Ramadán, me parece muy bien, pero tú tienes que ir igual al colegio.

Eso genera mucha controversia.
— El problemón en España es la polarización; me encuentro con amigos, muy sensatos, y sin embargo no puedes tener una conversación si no es blanco o negro, les das una opinión e inmediatamente eres o de extrema derecha o de extrema izquierda. Entonces se hacen inmediatamente los bastiones, y no, porque la realidad no es ni blanca ni negra. O aprende todo el mundo que hay matices, de grises, o ni se puede formar gobierno ni se puede montar una educación normal a nivel escuela, ni se puede hacer nada.

¿Le quedan entonces ganas de regresar un día?
— Yo tengo mi vida hecha aquí, aunque con los años cada vez te tiran más las raíces. Tengo casa en Menorca y paso varias temporadas al año, luego me cuesta volver. Pero también pienso en las posibilidades que tengo en Ámsterdam, ya no solo laborales, sino también culturales.
Sobre todo eso de poder tener una discusión con muchos matices, algo que resulta imposible en España, pues creo que es algo que añoraría mucho. Así que no lo sé. Las cosas vienen cuando están maduras, o no, así que a la pregunta de si tengo un sueño respondo que en este momento ni idea. Mejor dejar el espacio para que entren cosas. A veces si haces demasiados planes no sale nada y tampoco dejas entrar lo que puede surgir.