Conesa mantendrá contacto con el anterior obispo de Menorca, Salvador Giménez, hoy titular de Lleida, a escasa distancia de Solsona. En Lleida también reside el obispo Joan Piris.  | Josep Bagur Gomila

El 7 de enero de 2017 Francisco Conesa Ferrer (Elche, 1961) fue ordenado obispo en la Catedral de Ciutadella y tomó posesión de la Diócesis de Menorca. Cinco años después, este pasado 3 de enero el papa Francisco anunció su nombramiento como nuevo obispo de Solsona. Este sábado, la Iglesia de Menorca despidió con una misa de acción de gracias a quien ha sido su pastor durante este quinquenio.

¿Es Menorca una diócesis para formar a los obispos que después van a otros destinos?

—Las diócesis pequeñas, como Menorca, tienen la ventaja de que suelen contar con obispos jóvenes, pero el inconveniente de que no están demasiado tiempo. Es sensato y razonable que se comience el ministerio episcopal en estas diócesis más pequeñas y que, pasado un tiempo, asuman otras de mayor entidad.

¿Le sorprendió la llamada del nuncio cuando le comunicó que sería obispo de Solsona?

—Totalmente. No lo esperaba de ninguna manera. En aquel momento yo me encontraba disfrutando de la visita pastoral a la parroquia de Sant Esteve. Una llamada del nuncio cambió en pocos segundos todos mis planes. Pero desde mi ordenación mi compromiso es servir a la Iglesia, allí donde ella me necesite. No dudé ni un segundo en aceptar el traslado a Solsona, aunque ciertamente me está costando mucho dejar Menorca.

¿Le comentó el papa Francisco su nuevo destino durante la reciente visita ad limina?

—En esta visita vivimos con intensidad la comunión entre los obispos y el Papa. Me sorprendió que, al presentarme como obispo electo de Solsona,    conociera la realidad de esta Diócesis. Me dirigió palabras muy cariñosas, me habló del anterior obispo y me pidió, especialmente, que cuidara a los seminaristas. Salí de la entrevista muy animado, habiendo sentido al Papa como verdadero padre y pastor de la Iglesia universal.

¿Cuál es su valoración de estos cinco años en    Menorca?

—Los he vivido con entusiasmo y con muchas ganas de ponerme al servicio de esta Iglesia de Menorca.    Hemos trabajado en muchos campos, a partir de las aportaciones que se hicieron al cuestionario que tenía como título «Discernir para evangelizar». El primer fruto de ello fue nuestro plan de pastoral 2018-2022, que tiene como meta crecer como Iglesia de puertas abiertas: comunitaria, acogedora, samaritana y en salida. Otro fruto fue la renovación de la parte pastoral de la Curia diocesana, dando cabida a un mayor número de laicos. Esta renovación se completó al año pasado con una reforma de la parte económica para garantizar un mejor funcionamiento y mayor trasparencia. Otro campo de acción ha sido el laicado, que hemos intentado impulsar. También hemos revisado la catequesis de iniciación cristiana y nos hemos dotado de un nuevo Directorio, que marca las líneas de acción en este campo.

¿Qué destaca de las actuaciones impulsadas?

— Lo más importante es que han sido fruto de un trabajo conjunto, en el que han participado los sacerdotes, los religiosos y los seglares.    Creo que en las consultas sobre el plan de pastoral y sobre el Directorio para la iniciación cristiana hemos hecho un trabajo sinodal, es decir, hemos aprendido a caminar juntos y descubierto lo que esto significa. Ahora estamos en la fase diocesana del Sínodo de los obispos, que puede servir de impulso a esta dinámica sinodal, que creo que es por donde debe caminar la Iglesia.

¿Está dando sus frutos el plan pastoral 2018-2022?

—En el terreno de la evangelización nuestra tarea es sembrar, aunque no se vean los frutos. Dicho esto, debo añadir que cada año las parroquias y la misma Diócesis realizamos una evaluación de las acciones del plan. Hemos dado pasos pequeños pero importantes para ser, de verdad, una Iglesia que acoge a todos, que se pone al servicio de los más pobres y que no tiene miedo de anunciar a Jesucristo.

¿Quedan muchos proyectos pendientes?

—Ante una marcha no programada, quedan proyectos por realizar. En lo pastoral, me hubiera gustado culminar nuestro plan de pastoral y evaluarlo. También a poner en marcha el Directorio para la Catequesis, y    renovar todas las instalaciones de Monte Toro, pero marcho sin haber podido conseguir los permisos para hacerlo. Hay muchas otras cosas que quedan en las manos de quien me suceda como obispo.

¿Cuál ha sido la respuesta ante la pandemia?

—En un primer momento todos vivimos con desconcierto la pandemia y el confinamiento. Después fuimos reaccionando en tres direcciones. Primero, cuidar la atención a los cristianos de nuestras comunidades, animándoles a vivir con espíritu evangélico lo que estaba sucediendo. Hicieron un buen servicio a este fin las redes sociales y los    canales de difusión y comunicación. La segunda preocupación fue mantenerse cerca de las personas que vivían en soledad, especialmente los ancianos. Los sacerdotes y    las parroquias ayudaron a muchas personas a aliviar su soledad y estar pendientes de si necesitaban algo. El tercer campo de trabajo fueron los más pobres, que no podían quedar abandonados. Ha sido ejemplar la actuación de Caritas, que en ningún momento dejó de prestar ayuda. Fueron muchas personas se ofrecieron como voluntarios y ayudaron a que no falta alimento en la mesa de los más vulnerables.

¿Cómo valora la respuesta que ha obtenido al Fondo Diocesano de Solidaridad?

—Fue creado a principios de mayo de 2020, cuando finalizaba el confinamiento, al constatar que una causa muy importante de la pobreza era la dificultad para pagar los alquileres de viviendas, que en Menorca son muy elevados. Muchas familias, sobre todo de inmigrantes, no podían pagarlos después de estar meses sin trabajar. Este fondo ha ayudado y sigue ayudando a muchas personas. La generosidad de los menorquines ha sido muy elevada. Afirmo, con orgullo, que los menorquines están muy sensibilizada por los temas sociales y que, en general, son muy solidaria.

¿Qué se lleva de Menorca en su corazón y en su persona?

—Aquí he aprendido a ser obispo y he visto madurar y crecer mi fe en Jesucristo. Esto es lo principal. Pero también me llevo en el corazón la belleza de sus paisajes y la riqueza de su cultura. Será difícil vivir un 17 de enero o un día de San Juan sin pensar en Menorca y la alegría con la que se vive aquí la fiesta. Y, sobre todo, me llevo en el corazón el rostro de muchas personas con las que he establecido lazos de auténtica amistad. Me he sentido muy bien acogido y querido por las gentes de Menorca.

Caritas Diocesana y Caritas parroquiales, la obra más social de la Iglesia: ¿cuáles son sus objetivos en Menorca?, ¿se están consiguiendo?

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—Tanto Cáritas diocesana como las parroquiales realizan una gran labor al servicio de los más pobres con muchas programas de atención social. El de acogida y asistencia es muy importante y cuenta con un buen número de voluntarios. También realiza una gran labor en vivienda, con los pisos sociales; y el empleo. Se está trabajando muy bien con las familias y los menores en los programas de refuerzo, el «centre obert»    y Paidós. También destaca el reciclaje y ecología que realiza en Mestral y los programas de cooperación internacional.  Contamos con una Caritas diocesana muy potente, de la que podemos estar orgullosos.

¿Cuál es su definición de la  Iglesia de Menorca?

—Es una Iglesia viva, con ilusión por vivir el Evangelio y transmitirlo a los demás. La visita pastoral que he realizado me ha permitido conocer de primera mano a muchas personas que viven su fe con una entrega generosa, y    muchos trabajos que están haciendo. La Iglesia de Menorca es acogedora y solidaria.

¿Cuáles han sido los momentos de mayor dificultad?

— Los peores momentos están relacionados con las dificultades para la evangelización o para vivir la comunión. Vivimos un ambiente de descristianización, que dificulta mucho el anuncio del Evangelio. Muchas veces tenemos que nadar contracorriente, lo que hace que las personas se cansen y desanimen. Después están las dificultades para mantener la comunión, que es uno de los principales servicios que debe realizar el obispo, aunque a veces esto suscite incomprensiones.

¿Se ha sentido solo  cuando ha tenido que adoptar decisiones de calado?

—Hay decisiones que el obispo debe asumir    personalmente en fidelidad a la Iglesia y a su propia conciencia. Pero puedo decir que, cuando lo he hecho, no me he sentido solo. Para mí ha sido muy importante el apoyo del vicario general, Mn. Gerard Villalonga, y la colaboración del Colegio de Consultores, que ha sido el consejo de gobierno durante todos estos años.

¿Cómo dar respuesta a la actual falta de vocaciones y motivar a los jóvenes?

—Es importante incentivar la vocación en todos los aspectos de la vida cristiana. Es decir, no solo las vocaciones al sacerdocio o la vida consagrada, sino las vocaciones a vivir la fe como laico en el mundo de la educación, la familia, la política o la cultura; en todos los ámbitos. Para el cristiano la vida es respuesta a una llamada, colaboración con un don que se ha recibido, que es la vocación. La mejor pastoral vocacional que se puede hacer es fomentar comunidades cristianas vivas, que entiendan su vida como respuesta a la llamada de Dios. También es importante cuidar la familia, que es el núcleo donde crecemos como personas.

Ante la falta de vocaciones y que aumenta la edad media del clero, ¿promueve una mayor participación de los laicos en la Iglesia en Menorca?

—No me gustaría pensar que se promueve la participación de los laicos porque no hay curas que ocupen algunos puestos. Creo que el laicado tiene una entidad propia, que aún no acabamos de reconocer en la Iglesia. Vivimos una Iglesia demasiado clerical, es decir, demasiado centrada en el ministerio de los sacerdotes, que asumen casi todos los puestos de responsabilidad. Creo en una Iglesia en la que los laicos, de acuerdo con su vocación bautismal, tienen mucha mayor participación en las decisiones que afectan a la vida de la Iglesia y en la que ellos también se sientan verdaderamente corresponsables de la evangelización.

¿Es acertada la respuesta que está dando la Iglesia al hecho de la inmigración?

—La doctrina de la Iglesia respecto a la inmigración es clara. El papa Francisco lo resume y explica en cuatro palabras: acoger, proteger, promover e integrar. Una sociedad crece y madura cuando sabe hacerlo y no cede a la tentación del rechazo, la descalificación o la criminalización del inmigrante. En este sentido, pienso que es importante la aportación que realiza la Iglesia, para impedir que la sociedad se cierre en sí misma y se empobrezca.

¿Le ha interpelado el fallecimiento del obispo Antoni Vadell?

—Muchísimo. Era un obispo muy querido que ha dado un gran testimonio con su vida, también en el momento de su muerte. Antoni Vadell tenía un amor grande por Menorca, a la que había venido en numerosas ocasiones, y cada vez que nos encontrábamos, hablábamos de la Isla y me preguntaba por mucha gente a la que conocía. Me duele su pérdida, pero al mismo tiempo doy gracias a Dios por haberle conocido, por el entusiasmo con que vivía su fe y su ministerio y por el testimonio que nos ha dejado.

¿Veremos un obispo menorquín en Menorca, como ha ocurrido recientemente en Eivissa, que hoy cuenta con un obispo ibicenco?

—Con mi marcha a Solsona, Menorca pasa a situación de sede vacante y la Santa Sede abrirá un proceso de consultas para decidir quién es la persona idónea para ejercer el ministerio episcopal en Menorca. No se excluye que pueda ser designado obispo algún sacerdote de la Isla, pero en estos momentos aún no se ha iniciado el proceso para tomar la decisión. Creo que lo importante no es su origen, sino que acierten con la persona adecuada.

¿Cómo vive este momento de dificultad en que la Iglesia está siendo cuestionada por casos de pederastia?

—Un solo caso de abuso de menores en la Iglesia ya es muy doloroso, porque somos una institución que predica precisamente lo contrario. Por eso, debemos hacer todo lo posible por prevenir estos casos y, cuando se dan, actuar para condenar a los culpables y también atender a las víctimas.

¿Cree acertada la respuesta que está dando en España y está en la línea que marca el papa Francisco?

—Creo en la respuesta a cada caso en particular. No me interesan los números sino las personas. En este sentido, pienso que es una buena estrategia haber creado en cada Diócesis unas oficinas de atención y de escucha para acoger todas las denuncias que pudieran presentarse y orientarlas, atendiendo caso por caso. Ahora se realizará una auditoría a estas oficinas para comprobar si su trabajo se está realizando de un modo adecuado. Tengo la seguridad de que tanto nuestro papa como la Congregación para la Doctrina de la fe tienen conocimiento de esta línea de trabajo.

¿Se busca perseguir y acabar con la pederastia o considera que se ha abierto una causa general contra la Iglesia?

—Me gustaría que toda la sociedad realizara un esfuerzo grande por resolver esta lacra. Valdría la pena estudiar a fondo cuáles son los ámbitos en los que se dan mayores casos de abusos y si la respuesta que se está dando es suficiente y acertada. Esto no obsta para reconocer que cada caso que se da relacionado con personas de la Iglesia es vergonzoso y detestable y que, como institución, debemos poner toda la carne en el asador para resolverlos.