Todas ellas tienen algo en común: son mujeres y la sociedad las ha puesto a prueba a la hora de enfrentarse a un trabajo. Las han cuestionado o les han negado las mismas condiciones que a sus compañeros hombres. El miedo, la intimidación y la impotencia han acompañado a algunas de ellas en experiencias profesionales. Además, reconocen que se han encontrado con los denominados ‘techos de cristal’, una barrera invisible al ascenso profesional muchas veces reservado a los hombres. Cinco historias que constituyen cinco reivindicaciones a favor de la igualdad para conmemorar el Día Internacional de la Mujer Trabajadora.

Mientras que Digna Tur, que trabaja como taxista, ha sentido como algunos de los pasajeros que se subían la intimidaban, Marina Barquilla ha visto como sus compañeros masculinos cobraban sueldos más altos, ascendían más rápido y disponían de más descansos mientras a ella la obligan a ir maquillada a su puesto de trabajo.

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Por su parte, Mireia Alcaide ha tenido que aguantar el acoso de su jefe para poder pagarse la carrera universitaria. También María Elena Romeo ha sentido como los empleados que tenía al cargo cumplían con sus directrices a regañadientes por el hecho de ser mujer, y siente que demasiadas veces aún hoy tiene que explicar que «ser feminista no es creerse superior a los hombres». Por su lado, Cati Mingorance ha decidido no renunciar al sueño de emprender su negocio por el hecho de ser madre. Trata de compaginar el trabajo del campo y la elaboración de helado de leche fresca con el cuidado de sus hijos.

En cuanto a la celebración del Día de la Mujer, se cree que empezó a celebrarse después de que un centenar de mujeres murieran en 1908, en un incendio en una fábrica textil de Nueva York durante una huelga laboral para pedir igualdad salarial respecto al de sus compañeros masculinos. Es una de las fechas que marcaron el inicio del 8-M como el día de la reivindicación de la mujer a favor de la equiparación laboral.

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Digna Tur, taxista: «He tenido miedo llevando a un hombre sola en el taxi»

Digna Tur tiene 52 años y es de Es Castell aunque trabaja de taxista en Sant Lluís. Compró la licencia de taxi hace 12 años con su marido pero ahora es ella quien hace de conductora. Asegura que en su profesión se ha encontrado con numerosas experiencias machistas, y aunque le gusta su profesión, denuncia la soledad que se siente a veces siendo una mujer en el asiento del conductor.

Tur confiesa que ha vivido situaciones de angustia y violentas que no le hubieran pasado siendo un hombre: «Te faltan al respeto; te invitan a tomar una copa, incluso te cantan serenatas o te quieren tocar. Más, si son varios hombres después de haber salido de fiesta. Se creen que por el hecho de ser mujer pueden decirte de todo. Tienes que mostrar más carácter y me han llegado a llama ‘borde’ y ‘antipática’ para que nadie se pasara conmigo». Explica Tur que es algo que le hace sentir pequeña, e incluso ha tenido miedo y ha tenido que llamar a la policía, por una situación incómoda que cree que jamás hubiera pasado con un taxista hombre: «Un cliente no quería pagarme. Iba bebido y se puso violento; quería pegarme, me insultó y empezó a dar patadas a los asientos del coche». Ese día llegó a casa llorando y temblando y se planteó dejar de trabajar haciendo las guardias de noche.

Digna Tur lidera además el secretariado de la Asociación de Menorquina de Radio Taxi, donde, lamenta, ha notado reticencias por parte de sus compañeros por el hecho de que sea una mujer la que está al mando: «Intentan hacer lo posible por pasarme por encima. En muchas ocasiones siento que tengo que demostrar más que si fuera un hombre».

Tur, que tiene tres hijas, considera que queda mucho trabajo por hacer: «A mis hijas siempre les digo ‘inténtalo’, porque aunque nos pensemos que no podemos lograr algo, siempre podemos».

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María Elena Romeo, empresaria: «Hay hombres que no quieren que les mande una mujer»

María Elena Romeo, de 34 años, está al cargo de la panadería artesanal Amapola, en Maó, fruto de la pasión que siente esta cocinera por las harinas, las masas y la fermentación lenta. Haber podido abrir su propio negocio es algo que la hace sentir orgullosa, después de ser despedida del hotel donde trabajaba de cocinera.

Hasta abrir su negocio, Romeu, pasó por varios trabajos en diferentes cocinas en los que llegó a tener un puesto de mando, algo que incomodaba a otros trabajadores hombres: «Pasé por encima de compañeros y era yo la que daba las directrices. Sentía que cuando les daba una orden tardaban más en ejecutarla o no la hacían». María Elena Romeo explica que había tenido que requerir, incluso, de la mediación de su superior. «A mí me podía perjudicar más o menos, porque al fin y al cabo era un trabajo. No me acomplejaba porque estoy segura de quien soy y cómo trabajo. Pero me da pena que esa persona pueda tener mujer e hijos, con los que se comportará como se comportaba conmigo».

Además, Romeo reivindica que se tienen que denunciar este tipo de comportamientos:

«Se sigue inculcando el machismo. En ocasiones, hay prácticas que parecen lejanas pero que se hacen en nuestra sociedad. Hay que hablar de ello y denunciarlo».

Según esta empresaria, se empieza a notar el progreso en parte de la sociedad sobre todo a nivel laboral. Sin embargo, cree que lo más importante es educar en casa, desde la escuela. «Los jóvenes de hoy serán el fruto de lo que nosotros sembremos», defiende.

María Elena Romeo participa en el programa Dona Impulsa, de apoyo a las mujeres emprendedoras, que organiza la Cámara de Comercio de Menorca, con el apoyo de IB-Dona y que cuenta con la financiación de fondos del Pacto de Estado contra la violencia de género.

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Marina Barquilla, trabajadora de Correos: «Hasta ahora, en ningún trabajo había tenido equiparación»

Marina Barquilla empezó a trabajar en Correos hace un mes y medio, el primer trabajo, admite, donde no hay diferencias de género: «Es la primera empresa en la que trabajo donde veo que hay equiparación total: cobramos igual, cargamos el mismo peso y descansamos igual».

Anteriormente, esta mahonesa de 46 años había trabajado en decenas de empleos como administrativa, de contable y en el sector hotelero y de la restauración. Se fue a vivir a Alicante donde trabajaba en unos grandes almacenes: «En esa época era, de lo machista, lo peor. Era impensable que ni un solo cargo de jefatura cayera en manos de una mujer. Nosotras cobrábamos menos y teníamos directrices de tener que ir maquilladas siempre».

También en Alicante dio a luz a su primera hija, en una época donde no había lo que hoy se conoce como conciliación familiar. Asegura que salía de trabajar hasta las 23 horas, e incluso en ocasiones se quedaba toda la noche en la empresa para preparar las campañas de rebajas. «Yo trabajaba para pagar escuelas matineras, canguros, comedores escolares y todo lo que se pueda imaginar porque no podía estar en casa. Pero no podía dejar de trabajar; era inconcebible».

En esa época, estaba sola, sin pareja, y cuando su hija tenía 5 meses decidió regresar a Menorca con la esperanza de encontrar un trabajo que le permitiera estar más tiempo con ella.

En la actualidad, Barquilla cree que queda camino por recorrer para que hombres y mujeres sean iguales, y pone el foco en la sociedad: «Creo que a nivel laboral lo tenemos bastante encaminado, pero tenemos que luchar de cara a la figura del ‘macho’. Creo que le queda mucho por aprender. Hay que hacer trabajo en casa desde niños; tienen que saber que tienen que limpiar y cocinar igual que nosotras».

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Mireia Alcaide, estudiante: «Mi antiguo jefe acariciaba el pelo a sus trabajadoras»

En 2015, Mireia Alcaide, de Es Castell, empezó a estudiar Psicología en Barcelona. Empezaba a trabajar a la vez que estudiaba para echar una mano a sus padres con los gastos de la universidad. Como empleada tuvo que aguantar el exceso de confianza que se tomaba su superior. «Nuestro jefe se mostraba más cariñoso con las chicas que con los chicos. Nos acariciaba el pelo y se refería a nosotras como ‘guapas’. Además, nos preguntaba por nuestra vida personal y por nuestras parejas», explica. Su jefe tenía entonces 10 años más que ella. Quiere reivindicar que por el hecho de ser mujeres «no tenemos que aguantar más ni estar en tensión en un puesto de trabajo».

La estudiante, de 27 años, acabará la carrera en un año y espera encontrarse con un mundo laboral en el que no haya diferencias entre sexos ni estereotipos. Denuncia que «las mujeres tengan que mostrar más y exista el imperativo de que pueden hacer varias tareas a la vez, además de ser más ordenadas y pulidas».

Alcaide mira hacia una sociedad del futuro igualitaria y sin diferencias: «Si un día tengo una hija le apoyaré para que sea bombera o política o lo que ella quiera; que sus capacidades o el poder no la incomoden y que no esté atemorizada de hacer o ser pensando que no está en sus manos».