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La que se acaba ha sido una de aquellas semanas informativamente intensas en el flanco de poniente. Como periodista, debo confesar que me he divertido, y eso, en estos tiempos que corren, ya es mucho. El sarao comenzó el lunes, en los Juzgados. La declaración de Antònia Salord no defraudó a quienes esperábamos alguna sorpresita, algún as en la manga de la ex alcaldesa accidental. Tras una amnesia de quince meses, la concejal recordó dónde había dejado el expediente de disciplina urbanística del momento. Como mínimo, es miraculoso, y una estrategia a considerar para su defensa. Ella dejó el expediente, no lo destruyó, por lo tanto traspasa el marrón a quien no ha encontrado el documento, leáse Maite Salord, que es quien ocupó el despacho de su tocaya de apellido. Y que venga alguien ahora y demuestre que realmente ella no dejó el expediente en el armario de turno. En este Estado no se debe demostrar la inocencia, sino la culpabilidad. Eso, no obstante, no quita el descaro de la edil al pasar olímpicamente de un requerimiento oficial en que ya se le pedía dónde estaba el expediente, requerimiento al que ni contestó. "Ya no trabajo en el Consistorio", respondió ante la juez. Será que ser concejal en la oposición no es trabajar en el Ayuntamiento, y que aunque hayas cometido alguna irregularidad, al ya no estar en el lugar donde ha sucedido se acabaron las responsabilidades. Tendré que estudiar derecho.

Siguió la semana con un nuevo capítulo sobre el dique de Ciutadella. Por desgracia, servidor ha perdido ya la capacidad de sorpresa en este tema, y que ahora se quiera incrementar aún más el proyecto ya es de lo más normal en un proyecto que nadie, absolutamente nadie, sabe cuánto acabará costando. El lunes viene Jaume Carbonero a Menorca. Será el momento de que justifique la última medida, a la opinión pública y a los vecinos de la zona, que esperaban tener un pequeño puerto en frente de sus casas, y que ahora temen ver cada día por sus ventanas un mamotreto de grandes dimensiones. E insisto de nuevo: sorprende y mucho que ningún partido alze la voz sobre la impunidad y alegría total con la que se suman euros y más euros al proyecto. Será que nadie quiere poner el cascabel al gato, porque el animal araña.

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Siguen estos días laborables, y salta la noticia sobre los posibles candidatos del PSM al Consell. Los dos nombres que sacó este periódico, debidamente contrastados, han causado sorpresa, nervios y muchas llamadas telefónicas en el partido nacionalista, que esperaba disfrutar de un tiempo de silencio durante las próximas semanas. No en vano, se trata de que dos baluartes del partido, dos figuras con peso creciente en la formación, desembarquen en el panorama insular cuando tienen muy bien encauzado el ámbito local. Todo cambio cuesta, y creo que era un filósofo quien decía que toda variación genera algún trauma. El partido sigue trabajando, y aunque ahora se han destapado algunas de sus cartas, no hay nada definido, pero sí un camino trazado.

Y ya el colofón de la semana se apellida Lapiedra. O mejor dicho, Carbonero. La nueva concejal de Ciutadella encargada de conceder las licencias de obra no pidió la que le hacía falta en su casa. Craso error, pero sobre todo fallo de cálculo político por parte de la alcaldesa y del PSOE, más aún cuando la información del expediente a Lapiedra era público. Y es que en la administración hay que poner en práctica aquello de no tan solo actuar bien, sino también aparentarlo.

Nada, que ésta es de aquellas semanas en que haber perdido cuatro años en la universidad anhelando el título de periodista se agradecen. Ya vendrán por delante aburridas semanas de campaña, precampaña y pre-precampaña. De momento, disfrutemos del espectáculo.