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Por mucha crisis que haya, el deporte favorito entre los políticos sigue siendo el mismo: encargar estudios. Tanto da que sea el principio como el final de la legislatura, y hasta que se tengan competencias directas o no en la materia. Uno se pasa cuatro años contratando y discutiendo informes, y pidiendo a Madrid, sin que se le tenga demasiado en cuenta. Y así transcurre el mandato sin que, salvo honrosas excepciones (el aumento del descuento de residente o el servicio público, en el transporte aéreo), el ciudadano apenas note nada. Cuando busca billete en el ordenador de casa se encuentra las tarifas por las nubes y el mismo destino el doble de caro que si residiera en Mallorca. A un pulgar de distancia en el mapa.

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Antes de las elecciones, la Plataforma comprometió a todos los partidos a aunar fuerzas en pos de la mejora aérea, pero el acuerdo unánime termina metido en el cajón de las buenas intenciones. De las que, seguro, están cargados el conseller Luis Alejandre y el director de Aeropuertos, Antoni Deudero. Que, cada uno a lo suyo, han hecho estudios y asistido a foros deseosos de encontrar la llave que abra la caja negra ansiada por todos los menorquines. Pero se han olvidado de que todo se decide en Madrid. Donde esta vez han permitido a Air Nostrum que se lucre a costa de la 'amenazada' viabilidad económica del servicio público con la capital que cubre en monopolio. Le garantizan 700.000 euros más en dos años sin pedirle a cambio, como razonó el diputado Damià Borrás (PSOE), ni un leve abaratamiento de la tarifa media. Que todo tiene, o debería tener, su letra pequeña. La misma que se le ha olvidado a la consellera de Turismo al dar por bien empleados los 100.000 euros que puso para atraer rusos sin cláusula alguna que penalizase al turoperador por su espantada.

Nos perdemos en las intenciones sin percatarnos de que (casi) nada está en nuestras manos. Ni las comunicaciones hoy día más esenciales. Hasta Telefónica nos la ha jugado. Y así estamos. Cada vez más aislados, y más solos...