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Terminaba el artículo de la semana pasada con la siguiente frase:

“…Se abrieron en dos filas, para dejarles paso, y los guardias de Asalto, disponiéndose a escoltarlas, les preguntaron cortesmente a donde querían ir. ¡Angustiosa pregunta! ¿A dónde ir, si las arrojaban de su propia casa…?” (sic)

Como lo prometido es deuda, sigue el escrito de la Abadesa, Sor María de Gracia Victory Buils:

“Pero el Señor vino oportunamente en su auxilio. La madre de una de las jóvenes profesas, avisada por uno de sus hijos de que iban a exclaustrar a las monjas, se echó a la calle inmediatamente, sin quitarse siquiera el delantal con que trabajaba en la cocina. Al llegar a la plaza que está situado el convento y encontrarla llena de gente alborotada, en lugar de intimidarse y retroceder, empezó a forzar los grupos, gritando con la entereza propia de las madres cuando se trata de defender a sus hijos: ¡Déjenme paso, que tengo ahí una hija!

En aquel momento llegaba esa valiente mujer a la puerta, y al oir la pregunta, contestó ella misma a los guardias, dando la dirección de su domicilio: ¡Todas a mi casa!

Aliviadas las monjas con este oportuno auxilio, empezaron a caminar en medio de los guardias que las escoltaban y de las gentes que les abrían paso con el mismo respetuoso silencio, intimidadas ante aquel espectáculo nunca visto. Incluso algunos ofrecían su brazo a las ancianas para ayudarles a andar. Unicamente una mujer rompió el impresionante silencio para decirles afectuosamente: No queremos hacerles ningún daño. Es que la República no quiere que haya nadie que viva sin ver el sol.

Recogidas de momento en aquella hospitalaria morada, fueron tranquilizándose las pobres monjas. Pronto llegaron a buscarlas los familiares de las que los tenían y las que no, fueron recibidas en familias caritativas, y poco a poco organizaron su nueva vida, vestidas de seglares, despojadas de todo y reducidas a recibirlo de limosna.

Unos días después, la Abadesa fue autorizada por las Autoridades para entrar en el convento y recoger la ropa y utensilios precisos, pero…al salir ellas, la puerta había quedado abierta y a merced del que quisiera entrar, y fue muy poco lo que encontró ya. Sin embargo, por amorosa providencia de Dios, la mayor parte de ornamentos, vasos sagrados y objetos del culto no fueron profanados ni saqueados, sino recogidos como “objetos artísticos” y puesto a salvo, y terminada la guerra volvieron a poder de la Comunidad.

El amor fraternal de las religiosas pareció acentuarse en aquellas dolorosas circunstancias. Separadas en distintos lugares y pueblos, no tenían mas ilusión que verse y ayudarse en todo lo que podían. La Madre Abadesa tenía un hermano sacerdote y Capellán de la Comunidad, que providencialmente se salvó de la matanza que convirtió en mártires de Cristo a la mitad de los sacerdotes de la diócesis. Ya ancianos, no tenían familia ninguna y permanecieron casi siempre en una finca bastante lejos de la población, donde estaban mas a cubierto de las pesquisas y sospechas; de modo que las monjas podían ir con frecuencia a visitar a su Abadesa y a la vez asistir a misa y recibir los santos sacramentos. En aquellas circunstancias era esto un profundo consuelo.

Todas las monjas de la Comunidad, por la gracia de Dios, permanecieron fieles, sometidas a sus Superiores, rezando diariamente su breviario y observado sus votos en lo que era posible en aquellas circunstancias.

Y llegó el día de la Liberación de Menorca. La alegría de todas fue inmensa; pero no por eso cesaron pronto sus dificultades. Ya los rojos habían convertido el convento en prisión, y al entrar los nacionales lo utilizaron para lo mismo, habitándolo además con enormes y fuertes rejas. Cuando el nuevo Obispo se hizo cargo de la diócesis, se preocupó enseguida de que el convento de Mahón fuera devuelto a las Concepcionistas; pero parecía difícil lograr que lo desalojaran las Autoridades Militares.

Por fin, después de muchas gestiones, en enero de 1940 se puso el convento a disposición de las religiosas. Por cierto, en un estado deplorable. La suciedad, las ratas y los mas repugnantes insectos campaban allí a su placer. Las rejas que defendían hasta las pequeñas ventanas, tanto interiores como exteriores, le daban aspecto de verdadera prisión. Los seglares, a los que se permitió visitarlo antes de entrar las religiosas, quedaban horrorizados. -¿Ahí os vais a meter?- era la pregunta admirada y compasiva que todos les dirigían.

Pero ellas no deseaban otra cosa que tener el convento en condiciones de ser habitado. Para unas, las que tenían familia y habían estado recogidas en casa extraña, toda era alegría; otras, tenían que hacer por segunda vez el doloroso sacrificio de desprenderse de todo lo que amaban. Pero todas, con la fortaleza que proporciona la gracia, se dispusieron a afrontar toda suerte de incomodidades para reanudar su vida de entrega a Dios.

Cada una aportaba a la desnuda morada todo lo que podía recoger: muebles, ropas, utensilios de cocina. Llenas de caridad fraterna, se animaban mutuamente. El 11 de febrero del mismo año 1940, día que, sin haberlo pretendido de antemano, estuvo la protección de la Inmaculada de Lourdes, se cerró la clausura. Y es entonces cuando tuvieron lugar escenas arrancadas del libro de las “Fundaciones” de Santa Teresa: en pleno invierno, el convento deshabitado, sin cristales, era un témpano en el que las monjas apenas podían vivir. Ni el coro ni el piso bajo estaban en condiciones de ser habitados, de modo que cocinaban y comían en una pequeña habitación del piso alto en la que había unos fogones de carbón, y rezaban el Oficio Divino en la tribuna, todas muy juntas para defenderse del frío y con mantas echadas sobre las piernas, por no poder resistir de otra manera. ¿Cómo explicar los trabajos, dolores e incomodidades que sufrieron nuestras queridas hermanas para ser fieles a Dios y a su vocación? Para todas nosotras, sus sucesoras, deben ser ejemplo y estímulo.

No tenían tampoco medios de subsistencia. Al principio la recibieron de limosna de algunas familias caritativas y amantes de la Comunidad. Pronto, sin embargo, organizaron su vida de trabajo, alternando con los ejercicios conventuales, de modo que pudieron, por lo menos en gran parte, valerse por sí mismas.

Sin ayuda oficial, pues unas pequeñas subvenciones se habían obtenido del Estado años después, con su esfuerzo perseverante y el trabajo de sus manos, han logrado las Concepcionistas poner su Monasterio no solo en condiciones de ser habitado, sino también con mejoras materiales que lo hacen una mansión decorosa y grata, dentro de la pobreza. Aunque siempre pocas en número, unas cuantas jóvenes han venido a suplir a las que recibieron ya del Divino Esposo el premio de su fidelidad; tenemos salud y trabajo mas que suficiente, y la Comunidad sigue tranquila, confiada y alegre, su camino hacia el Cielo.

En esta fecha jubilar damos por todo ello fervientes gracias a Dios y a nuestra Madre Inmaculada.

Por la Comunidad de Concepcionistas

LA ABADESA.” (sic)

Apreciado lector, a menudo suelo frecuentar este oasis de paz del centro de Mahón, el Monasterio de las Concepcionista. Se fundó hace 400, el 6 de Julio de 1623, por tres monjas del Monasterio de concepcionistas de Sineu, Mallorca.

Hoy habitan el convento sor Rosario, de Ferreries, sor Dolores, de Navarra y sor Gloria, de Ecuador…tres encantadoras personas, amables y dispuestas a ayudarte.

Hermanas les deseo mucha salud y con su permiso, mando un mensaje a las féminas sin vínculos maritales, con voluntad de servir al prójimo y al Señor ¡este oasis de paz les espera! …si vivim, monjas hi veurem.

José Barber Allés

Mochilero

josebarberalles@gmail.com