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Para no caer en trampa de las palabras, conviene dejar claro, de partida, que obviamente todo no vale igual, ni da igual. Si las personas, todas y cada una de ellas, son iguales en dignidad y se hacen merecedoras del más y del menos según sus obras, las ideas, la gestión, las ideologías jamás valen igual. La sanidad tan llamada, merecida o inmerecidamente, la joya de la corona, está como está… en horas bajas. La demolición es tan clara, que cuesta aclarar si es fruto del infortunio o de un plan milimétricamente calculado que conseguirá lo que pretende, volatilizarla o hacerla añicos; la verdad no lo sé.

Vengo con respeto con mi reflexión a agitar conciencias, arrojar a la reflexión comunitaria y a denunciar las condiciones de degradación de un servicio médico, el mío, el de medicina interna del hospital general Mateu Orfila, en el que vengo trabajando desde hace 22 años. Lo verbalizo, escribo y rubrico, desde mi individualidad, con los brazos en alto, manos abiertas pero los ojos inyectados en rabia.

Quizás sea tranquilizador para algunos, el que sea un «díscolo», el que se lance a señalar, pues estamos en un país en el que el que el silencio es cómplice del poder y signo de cordura, disciplina y respeto, lo que obviamente entiendo un error mayúsculo y por consiguiente no practico. La coherencia y la crítica son imperativas. Quiero que quede claro, en el proscenio del escenario de esta reflexión que denuncio yo. Así lo hago por un sentido de responsabilidad y porque no decirlo de valentía, como dijo aquel uno nunca se arrepiente de ser valiente y arremeter contra el sistema es hors cotégorie. Todos esos intocables, los que en otro tiempo fueron el clero y la aristocracia, ahora son los políticos, esa élite a la que hay que decirles que inmunes no lo son y eso hago. Es algo necesario por un bien, mucho más que el individual, que se compromete. Lo que de verdad importa es el colectivo, el comunitario que además de ser informado, debe ser llamado a la acción.

Nunca hemos trabajado en condiciones tan malas como ahora, yo al menos y nos hemos visto obligados a reducir nuestras prestaciones asistenciales con profunda frustración e incluso rabia insisto con la palabra y suena el tañido de la campana por segunda vez. Creo que se le sigue poniendo mucho empeño al trabajo en general, pero simultáneamente el desgaste va carcomiendo el proceso y con él la vida. En este proceso, muy ineficiente, no se nos dio tregua ni recompensa. Para ser más preciso, si hubo aplausos, que se fundieron luego con suspiros desvanecidos y dádivas. Luego como es habitual, seguimos con la frase nacional que debería estar penada del «así ya está bien». El así ya está bien es sinónimo de mediocridad, de que con la chapuza ya pasamos o no.

Mientras impera el silencio, para lo que tengo mi diagnóstico que es claro pero no lo emitiré por respeto. Son dos o tres palabras no bien sonantes pero para mí unívocas que explican muchas de las conductas sociales del ser humano. Incluso en esta sociedad «libre» las tres palabras presiden.

Respeto a todos aquellos, que serán muchos, que crean falto al conducto reglamentario, al utilizar este vehículo de comunicación como un diario para mí proclama y no los canales ortodoxos, oficiales y oficialistas. No lo hago ó mejor dicho no lo vuelvo a hacer por ser estériles. Mi tradición epistolar hacía esas instancias es lo suficientemente amplia para no perder el tiempo y que no lo pierda nadie. Siempre se debe pensar en grande e impactar en el camino del progreso, crecimiento y las soluciones. En este trance la estrategia es fundamental y levantar la mano con educación, enviar cartas no sirve para nada absolutamente. Las réplicas son hirientes y ese encogerse de hombros imperante exaspera; yo ya no toreo en esas plazas. Las réplicas son un formato esteriotipado, casi una plantilla, una palmadita en el hombro, colibríes, mariposas y presuntas buenas palabras. Digo intencionalmente presuntas, pues son falsas, se quedan en nada. Pueden incluso medrar, experimentar una metamorfosis y pasar a formar parte del programa de un partido adversario que en cualquier caso jamás cumplirá con nuestras demandas si llegara a tener poder de ejecución. De la sanidad de verdad uno se acuerda cuando enferma o la sanidad enferma tanto que descalabro requiere del extintor. Si se pasa con un apaño: tirita, aspirina cosmética o mejor aún un placebo.

Hace más de 40 años que el llamado informe Abril Martorell declaraba que los presupuestos en sanidad eran insuficientes, no han dejado de serlo desde entonces, el déficit es abisal. Viene que ni pintada una cita del mismo Abril Martorell en la que decía «hasta cuan mal tendremos que llegar para que se decidan a arreglarlo».

En un hospital como el nuestro trabajan cientos de profesionales (en hospitales mayores incluso miles), y todos son necesarios, pero hay una especialidad que es la columna vertebral del funcionamiento: la medicina interna. De hecho es la especialidad más antigua, la troncal de la que surgieron el resto. Sin embargo, ese decanato contrasta con una evidencia mayor, parte de la gente sería capaz de describir cuál es la función de un cardiólogo, pero muy pocos podrían precisar qué hace un internista, que somos indiscutiblemente imprescindibles. Como lo son los compañeros de primaria sometidos a condiciones laborales demenciales, con tiempos de atención que abocan a la insatisfacción además de una maraña administrativa que es cualquier cosa menos medicina. Desde la cúspide se apuesta por exprimir más las naranjas aunque adolezcan de zumo y sobre todo sean menos.

Reto a que nos expliquen cómo se ve un paciente en menos de 10 minutos; verlo es posible, incluso puede hacerse en centésimas de segundo, pero valorarlo medicamente, escucharlo, atenderlo adecuadamente, obviamente no.

Traigo por supuesto alrededor, al umbral de estas palabras una decisión desgarradora, en un camino sin salida, un empujón al vacío y por encima de todo, la conciencia de que no se puede más con este sistema nihilista, camicace, preñado de nepotismo que va lapidando el servicio y los profesionales; por lo menos a mí insisto.

Somos muchos menos de los que debiéramos y el tiempo, inexorable al que nadie es ajeno hace que cada vez se haga más costoso sino imposible hacer frente al reto asistencial del día a día. Se recortan las prestaciones y eso tiene un precio que ciudadano, usuario en términos políticos y paciente como de verdad se llama debe conocer. No se puede engañar más. Es cuestión de motivación, de modelo, de explicarlo y de que cada uno aguante su responsabilidad; la transparencia también aplica para esta esfera. Recientemente se declinó la consideración de medicina interna como plaza de difícil cobertura, lo que suponía un estímulo, pero no se cubren esas plazas, ¿es entonces fácil? o ¿es un juego de trileros?.

El sistema sanitario, como muchos entes públicos se organiza en pirámides y en cada una de ellas, en su vértice se encuentran por orden: jefes de sección, servicio, directores médicos, gerentes, gerentes generales del ib-salut, consellers, ministra de sanidad… su mirada divergente, parece dirigirse siempre hacia arriba; que opinarán mis superiores parece la pregunta, además de si estarán satisfechos conmigo y sin embargo no miran abajo. Cuando se mira abajo, lo hacen bajo la nebulosa de que nadie de pirámides superiores pueda sentir telarañas en la piel. La base preocupa poco, basta con que aguante y nos aguante. Se da la paradoja de que el que preocupa poco, lo es todo, se crece desde abajo, se palpa la realidad a pie de obra y el tiempo lo clarifica.

Esto va mal y es independiente del gobierno, ahí si abrazan la igualdad. La igualdad en la mala gestión. Hacen falta médicos y alzo la voz especialmente por los internistas. Si no se ponen todas las herramientas en la resolución del problema esto no hará más que crecer e insisto en que este es un tema capital, no nos pongamos dramáticos pero hay muchísimo en juego.

Las leyes de la física se respetan, son incuestionables. La fórmula del trabajo es que trabajo es igual a fuerza por espacio, ambos han crecido mucho sin que los trabajadores los hayan hecho en la misma proporción y porque no decirlo la retribución por el trabajo el mismo, tampoco creció en la magnitud de la exigencia incrementada. Desde la óptica de la sensatez y apartando la física de la ecuación, entra en juego la responsabilidad que se ve agredida por una forma de trabajar sin límites.

Necesitamos ser más para dar un servicio de calidad y respectar un equilibro inquebrantable; un equilibrio entre lo que se hace y lo que se puede hacer. Venimos desde hace mucho tiempo trabajando por encima de nuestras posibilidades y el desgaste es una consecuencia natural.

Y así funciona casi todo y usted, nosotros, sus padres y abuelos, y si no lo cambiamos hijos y nietos, sabemos que no se saldrá, en la puñetera vida de este destino eterno en esta España miserable o como la quieran ver. Aquí lo que va es agachar la cabeza que yo alzo, pues no voy a lamerle las botas a la maquinaria; que insisto es tan mala con gaviotas como con rosas. Otra opción es postularse para élite, parece que cada vez las exigencias en términos de formación son menores. La desafección de la clase política no es una alucinación y creo que es fácil entender las causas ¿Es esto el servicio a los ciudadanos?

Es obvio que es difícil la captación de profesionales, pero el ser humano es fácilmente manipulable hasta que aprende el armadijo, de eso sabe mucho la clase política de todo signo y se pueden motivar con las herramientas adecuadas que es lo que realmente se trata.

Esto no da para más, no podemos permitir que con el devenir de los años el sistema o al menos nuestro servicio haya ido a peor, lo que para mí es incuestionable. Se aceptan discrepancias de mentes lúcidas que en realidad son las únicas con capacidad de crítica, con respecto al enfoque de abordar el problema, pero el problema existe y hay que enfrentarlo. No tienen voto los acostumbrados a lidiar con los sobresaltos y traiciones, lo expertos en mantener una docena de platillos chinos diferentes rodando en equilibrio, acostumbrados a que más de uno se quiebre y recomponerlo con cinta americana.

Lo han creado entre todos, culpabilizar al gobierno actual y toda la cadena de dirigentes sería una gran mentira un difamación más, A los gobernantes actuales, les toca poner solución. Esa es también una ruleta rusa a la que gusta jugar. El problema se ve crecer, se sabe que va a estallar pero no es problema hasta que estalla. En este sistema lo que a ser problema mañana no es problema. Siempre hay escudos, veníamos trabajando en ello, la herencia recibida (con la que hicieron campaña y señalaban el norte de la solución); pero los problemas están ahí y hay que abordarlos. Dejen de caer en la frase común de otros gremios ¿Quién le hizo esta chapuza?, póngale ingenio y no servidumbre.

Hay que captar médicos en Baleares y forjar las condiciones para que los facultativos que se forman en nuestro país, así como lo que vienen de fuera se planteen con entusiasmo desarrollarse y crecer profesionalmente aquí.

Ese es el objetivo y por ello hay que trabajar e invertir; desde el pedestal de la salud todo esto puede parecer una divagación, pero todos acabamos pasando por aquí.