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El adiós de Maria Antònia Munar de la política simboliza más que nada el final de una etapa y posiblemente la apertura a un nuevo panorama político en Balears. Ella es la imagen de Unió Mallorquina, la que fue alcaldesa con 24 años, y que durante los últimos 15 se ha dedicado a entregar el gobierno a su derecha o a su izquierda en función de intereses más que dudosos. Ya no será el fiel de una balanza institucional, que ha sabido utilizar con habilidad, jugando como bisagra con dos partidos mayoritarios incapaces de pactar casi nada. Acaba su etapa imputada en dos casos de corrupción. Argumenta que con su dimisión pretende demostrar su inocencia, ante la gravedad de las acusaciones de Miquel Nadal, compañero de partido y aspirante frustrado a su sucesión. Lo tiene difícil. Es positivo que se desprenda de la protección que le confiere ser la segunda autoridad política de Balears, como presidenta del Parlament, y que responda ante la Justicia. Con o sin Munar, Unió Mallorquina carga con un volumen de imputaciones tan enorme, que no puede seguir teniendo el papel de árbitro de la política balear. Los partidos mayoritarios deberían valorar esta cuestión. Aunque ahora la estabilidad institucional se resienta, la profunda crisis es también una buena oportunidad.